lunes, 18 de mayo de 2015

Howard Phillips Lovecraft


  "Todos mis relatos se basan en la premisa fundamental de que las leyes e intereses y emociones comunes carecen de validez e importancia en la inmensidad del cosmos".

               H. P. Lovecraft 

 Es decir: que todos los terribles esfuerzos que la humanidad, ya sea en su enorme colectividad o en los individuos, ejerce cada simple día son absolutamente irrelevantes... Yo podré pensar, decir, actuar, escribir... todo quedará olvidado como mucho en un par de generaciones (y si fueran más ya sería algo histórico, por tanto deformado por esos propagandistas llamados historiadores que moldean hechos y personajes para conseguir su espurio fin). Todo, pues, se reduce a nada. Mientras, los fenómenos cósmicos (creación de estrellas, formación de planetas por condensación de polvo estelar, destrucción de sistemas estelares...), todo ello medible solo en eones, se impone como la única realidad. El ser humano en su ridícula prepotencia no se da cuenta de que tan solo es una insifnificante mota en la infinitud del universo... ¡el triste insecto humano!

jueves, 7 de mayo de 2015

Ahora leyendo: "Izquierda y derecha", por Joseph Roth.

 Este tío no me deja indiferente nunca. Últimamente leí de Roth dos relatos que me han dejado muy frío, desilusionado, eran El espejo ciego y Jefe de estación Fallmerayer; ahora, por el contrario, esta novela breve me parece tener una calidad apabullante. Es una narración, cómo no, ambientada en un país germánico de entreguerras; sus personajes son una familia acomodada que casi de la noche a la mañana se empobrece (algo que vivió el propio Roth); y en cuanto al estilo es el que nos tiene acostumbrado el "pequeño borrachín", rápido, con muy pocas comas y casi ningún punto y coma, con apenas adjetivación, casi periodístico (sin duda reflejo de la profesión que desarrolló en Viena).
  Lo mejor, en mi opinión, es el fantástico cuadro que pinta sobre esa Alemania de entreguerras, un país vencido, pleno de resentimiento que, económicamente, se va hundiendo año tras año. En definitiva, la Alemania que estaba ya preñada del monstruo nazi. Los dos personajes principales, los hermanos Paul y Theodor Bernheim, son ejemplos claros de esa Alemania enfermiza: hijos de un banquero local, con parte de sangre judía, se empobrecerán tras la Primera Guerra Mundial y responderán de forma diametralmente opuesta, el mayor, Paul, más pragmático, se dedicará a hacer negocios cada vez de peor resultado mientras mantiene fría la cabeza; Theodor, por el contrario, será seducido por el populista y engañoso nacionalsocialismo, que trata de recuperar el perdido orgullo alemán con una sobreactuación que, ya sabemos, desencadenará uno de los mayores horrores que ha presenciado el nefasto siglo XX.
   El contrapunto a los hermanos Bernheim es Nikolai Brandeis, un alemán de Ucrania (como tantos miles de alemanes que, hasta la Segunda Guerra Mundial estaban repartidos por todo Europa Central y del Este) que, siendo el más práctico de todos sigue haciendo negocios con los pedazos que se le van cayendo al país, sabedor de que la parte de sangre asiática que le da "ojos de mongol" le traerán serios problemas en una sociedad en pleno proceso de centripetación.
 Me queda poco menos de media novela que espero "cepillarme" entre hoy y mañana. Es, francamente, una excelente narración que combina la realidad social que desembocó en el horror conocido con la estúpida inocencia de los hombres... Tal y como hoy en día.

miércoles, 29 de abril de 2015

Ahora leyendo: "El alcalde de Casterbridge", por Thomas Hardy.

 Según parece, el título completo de la novela es Vida y muerte del alcalde de Casterbridge. Historia de un hombre de carácter, según la forma de editar libros que se tenía en la Inglaterra victoriana. Sí, Hardy es otro de los grandes de ese fructífero período en aquel añorado país; época de grandes avances socioeconómicos y tecnológicos, pero también de penurias y desigualdades. De este autor lo más conocido es Tess, la de los d'Uberville, de la que hace no tanto hice una breve reseña en este blog, y esa obra y esta participan de las típicas características de la mal llamada "literatura victoriana": interés por temas domésticos y familiares, aproximación realista al tema y conciencia de la realidad social en los temas; prosa ricamente adjetivada, lentitud narrativa en el estilo... Típico "escritor victoriano" por tanto.
  Y como otros escritores de su período, Hardy tuvo que publicar por entregas en los suplementos culturales de distintas publicaciones, algo que, hoy en día, nos parece lamentable, pero que grandes como Dickens tuvieron que aceptar. Lo malo de cómo se publicó esa novela es que, sin duda, afectó a su calidad, es como esas series de televisión que tienen éxito de público y que, de forma artificial, se alargan deformando el guión original. Así, por ejemplo, ocurrió con Oliver Twist, una de las mejores novelas de Dickens que tiene, sin duda, un montón de morralla a mitad de novela, ¿por qué? Porque el bueno de sir Charles cobraba cada vez que un capítulo de su novela era publicado, no al publicar su obra completa. Afortunadamente, muchos de aquellos que tuvieron que plegarse a aquella dictadura editorial tenían un talento narrativo fuera de lo común, con lo cual esa supuesta morralla es más que aceptable.
  Además, claro está, con ese tipo de publicación "por fascículos" era necesario que el escritor captara la atención del lector dejando en suspense la acción, eso es clarísimamente perceptible en muchas obras de Dickens y en esta de Hardy, en las que, sospechosamente, la acción toma un giro interesante justo al acabar el capítulo.
 La terrible pregunta que se me ocurre es: ¿qué sería de los escritores de éxito de hoy en día si tuvieran que someterse a esta pequeña tiranía? ¿Cómo serían sus novelas? La respuesta que aparece en lontananza es tan devastadora que mejor no responder. Tal vez esa sea la razón por la que no leo literatura contemporánea...

lunes, 27 de abril de 2015

Ahora leyendo: "El espejo ciego", por Joseph Roth.

 Otro relato de Roth. Como los anteriores, la calidad prosística es notable; como los anteriores, la trama es desconcertante. Según la contraportada de los señores de Acantilado, se trata de un relato irónico en el que el autor "parodia el sentimentalismo del feuilleton vienés", sin embargo o la ironía es muy sutil o yo no acabo de cogerla.
  No alcanzo a reconocer la ironía porque en el supuesto sentimentalismo de Fini, la protagonista, no se observa burla o deformación evidente de su comportamiento, antes al contrario, se siente compasión por la joven que se ve arrastrada por sus instintos más primarios como un animal que sigue los dictados de sus hormonas. Es, en mi opinión, un relato extraño, se reconoce a Roth en su técnica y en la ambientación del relato, pero no exactamente en cómo presenta a los personajes. Estos son claros perdedores (como todos los de Roth), perdedores de su propia vida, arrastrados por fuerzas superiores a ellos: la guerra, la desgracia, las hormonas... y, por supuesto, Viena como capital mundial, algo siempre presente en su obra.
  Se me antoja Joseph Roth como un pequeño ciudadano perdido en París, lleno de traumas y de talento a partes iguales, consumiendo su vida entre litros de alcohol y recuerdos de su Viena querida; creando entre borrachera y borrachera breves relatos que son verdadero caviar beluga... para quien sepa degustarlos, claro.

"Las extraordinarias aventuras de Adèle Blanc-Sec", por Jacques Tardi.

 Ese gran genio del cómic francés que es Jacques Tardi con uno de los personajes más redondos de todo el cómic: la escritora y detective parisina Adèle Blanc-Sec. Este es el segundo tomo.
  Para todos aquellos cenutrios que sigan pensando que los cómics son historias sencillas para chicos y que incluso pueden ser contraproducentes a la hora de estimular a estos a la lectura, Tardi nos regala un puñado de tramas complejas y enrevesadas, personajes bien definidos e interesantes y, por supuesto, unas ilustraciones con una calidad difícilmente igualable, pero ya se sabe: "no hay mayor ceguera que la de aquel que no quiere ver". Gracias a los cómics se puede atraer a la literatura a chicos y adultos que, bien por su carácter bien por la vida enloquecida que nos hacen llevar, no acaban de conectar con ella. Por otra parte, las historias de Jacques Tardi son casi siempre para adultos; estas de Adèle Blanc-Sec son, probablemente las más juveniles, pues las adaptaciones de la obra de Léo Malet (novela negra) no tienen nada de infantil, no digamos ya las novelas gráficas sobre la Primera Guerra Mundial con inmortales obras antibelicistas como ¡Puta guerra!, La guerra de las trincheras o Yo, René Tardi que son totalmente inadecuadas para jóvenes. Tanta es la importancia del cómic en nuestra cultura, que no es fácil encontrar alegatos pacifistas tan bien urdidos como los tres últimos cómics que he citado, prueba clara de que la férrea censura que el mundo editorial impone en la "literatura tradicional" no es tan marcada para las novelas gráficas.
  Tardi es uno de los pocos escritores de cómic que son tan buenos dibujando como escribiendo, lo cual refuerza la enorme valía de este francés universal. Por cierto, Jacques Tardi, intelectual significado en la lucha contra la brutal sociedad humana y su estúpida jerarquización recibió la Legión de Honor (una de las máximas distinciones del país vecino), distinción que, por supuesto, rechazó, alegando incompatibilidad moral con su ejemplar trayectoria profesional.

jueves, 23 de abril de 2015

Grant Snider... again!

www.incidentalcomics.com

Ahora leyendo: "La búsqueda de las raíces", por Primo Levi.

 La búsqueda de las raíces no es una narración de ficción como las que me maravillaron de Levi y lo muestran como, probablemente, el mejor cuentista en la lengua de Dante; pero tampoco es una narración realista como los tres espeluznantes relatos de la llamada Trilogía de Auschwitz, no, se trata de una recopilación de los textos que más influyeron al turinés en su formación intelectual.
  Una característica fundamental de un intelectual debe ser la honestidad, sin ella no hay nada que hacer pues todo será afectado como un chico de quince años que presume de experiencia y sabiduría. Afortunadamente, Levi es un maestro en esa cualidad, tanto que no duda en afirmar que las razones principales por las que sobrevivió a la barbarie del campo de concentración fue la edad que tenía (23 años, momento de plenitud física) o la suerte de ser  enviado a un campo que producía, como actividad secundaria a la del asesinato masivo, productos químicos, siendo él mismo licenciado en Química por la Universidad de Turín; esas dos condiciones no buscadas le salvaron la vida por encima de heroísmos. 
  Esa honestidad lleva al autor a confesar que su actividad literaria tiene más un enfoque laboral que lector, que la condición de químico que se pregunta por la condición más íntima de la naturaleza ha pesado más que la lectura reposada de los clásicos. Con todo, Levi recupera en este tomo las lecturas que más le influyeron, haciendo una sucinta explicación sobre el porqué de tal influencia.

martes, 21 de abril de 2015

Ahora leyendo: "Jefe de estación Fallmerayer", por Joseph Roth.

 Joseph Roth se ha convertido en mi escritor favorito de los últimos tiempos. Su prosa rápida y precisa pero a la vez cuidada; sus temas duros, interesantes y atemporales; y sus personajes redondos, atractivos y polifacéticos hacen de los relatos y novelas breves de Roth un verdadero placer para el lector exigente. Este relato, sin embargo, flojea en su conclusión.
  Jefe de estación Fallmerayer es un relato muy "rothiniano" o "rothinesco" (elíjase el palabro preferido): un jefe de estación de ferrocarril de una pequeña localidad de Austria-Hungría vive una monótona existencia de rutina laboral y sentimental hasta que conoce a una exótica condesa rusa de la que queda irremediablemente prendado. La guerra (la Gran Guerra) se interpone en su camino, pero consigue acercarse a la residencia de la condesa, Kiev, y, tras varios intentos, seducirla. A partir de ahí el mundo se detiene para Fallmerayer: vive un idilio con la condesa mientras todo a su alrededor se derrumba y acaban huyendo por el Cáucaso hasta llegar por mar a Monte Carlo. Allí, estando ella embarazada del antiguo jefe de estación, recibirán la tremenda noticia de que el conde ruso no ha muerto, ha sabido de la residencia de su esposa en Mónaco y viaja hacia ellos. Hasta ahí lo mejor del relato, ¿y después? Y después simplemente el relato acaba con un: "Después, Fallmerayer partió. Nunca más se ha vuelto a saber de él". Tan desconcertado me ha dejado la conclusión que solo puedo pensar que Roth no quiso terminarlo de forma apropiada por alguna extraña razón: problemas de salud, insatisfacción con el texto, dejadez... Conociendo el final del escritor, cualquier explicación es plausible.
  Por lo demás el relato es "puro Roth". Por dónde está ambientado el relato, por esa extraña concepción de la Primera Guerra Mundial como un periodo casi gozoso de la existencia o por la sensación de un mundo que se acaba al término de la misma.
 Al margen del relato en sí, de nuevo he de comentar la desafortunada edición que hace Acantilado. Supongo que desde un punto de vista economicista será mejor publicar relato a relato una obra relativamente extensa como la de Joseph Roth, pero todo tiene un límite. Porque cuando se publican relatos tan cortos como este (57 páginas en edición de bolsillo) por un coste de unos nueve euros uno no puede dejar de sentir estafado. Se me antoja mucho más razonable una compilación de relatos que no bajase de las 200 o 300 páginas y que tampoco subiera más de veinte euros de precio, en fin, está visto que soy un ingenuo.

sábado, 18 de abril de 2015

¿Vivir o leer? El eterno dilema en la pluma de Tom Gauld.

www.tomgauld.com

Ahora leyendo: "En la jaula", por Henry James.

 Un breve relato de ese americano vestido de inglés: Henry James. Por la fecha en la que fue escrito entra dentro  de la mal llamada "literatura victoriana", no así por su longitud; la prosa, sin embargo, sí está ricamente adjetivada, posee un ritmo lento que disfruta de sí mismo. Es un relato, como las mejores obras de Dickens, muy crítico con la hipócrita sociedad de su momento, todo apariencia y pomposidad. El título nos presenta el lugar de trabajo de una joven empleada pública: el cubículo de una estafeta de correos donde la protagonista recoge telegramas de la pudiente clase social que se los puede permitir; ahí está la primera crítica, pues la empleada, de origen social humilde, reflexiona sobre el coste de los telegramas que solo dicen trivialidades adolescentes y que, sin embargo, podrían alimentar a toda una familia humilde durante un día.
 Pero la crítica más exacerbada es hacia las presunciones y futiles vanidades de esas damas de alta alcurnia que, no obstante, caían en todos y cada uno de los vicios que parecían propios y exclusivos de aquéllos de la working class. La protagonista, por oficio, conoce todas las miserias de aquéllos que se pavonean con ínfulas de grandeza pero orinan y defecan como cualquiera.
 No todos los escritores "victorianos" eran críticos con su sociedad, la "petarda" de George Eliot, por ejemplo, legó a la posteridad insufribles novelas de vidas anodinas en las que el grave peligro que corrían era el aburrimiento y el empacho. El muy querido y admirado Marcel Proust (este no cabría ser clasificado como victoriano al ser francés, sin embargo participa de las mismas características), aquél que comenzaba a recordar al mojar una magdalena en la taza de té, nos dejó una saga de siete novelas relatando hasta la nimiedad más insignificante de una vida ociosa, vulgar y aburrida como pocas.
   Así que, ¿qué tiene de especial la obra de autores como Henry James, un tipo que gracias a la fortuna que generó su abuelo quedó, dicho en sus propias palabras, leisured for life? ¡Hombre, aventuras no vamos a encontrar! Sin embargo, la prosa reposada, lenta, muy adjetivada, los argumentos anodinos y vulgares nos recuerdan la verdadera futilidad de la vida, su verdadero significado: ninguno. La vida de un "gran hombre" que luchó, conquistó, cambió su sociedad, fue admirado y odiado... es tan importante como la ridícula existencia de Proust. Simplemente ocurre que el insecto humano se da ínfulas de grandeza al considerarse "hecho a imagen y semejanza de un Dios" que él mismo ha inventado para sobrellevar el conocimiento de su propia mortalidad.