viernes, 3 de abril de 2020

"Vidas mermadas".

 Vaya por delante que soy de la minoría en este país que vive "hacia dentro" más que "hacia fuera". Es decir, soy introvertido, tímido en mi infancia, solitario y retraído en mi madurez. Vivo más en mis pensamientos que en mis acciones. Eso, al contrario que la generalidad de mis compatriotas, que son extrovertidos, sociables, habladores, que disfrutan saliendo con amigos, charlando, estando en grupo... Yo disfruto en soledad, leyendo, pensando, escribiendo, escuchando música... Según algunos soy asocial. En estos días de confinamiento, la gente como yo deberíamos sobrellevarlo mejor, sin embargo siento que mi vida está mermada.
 Mi vida está mermada por el confinamiento autoritario del que sólo los tres grupos sociales dominantes (gubernamental, mediático y policial) están exentos, (tienen el mundo a su exclusiva disposición). El resto, más del 90 % de la población , estamos relegados a unos cuantos metros cuadrados, pero sobre todo estamos obligados a seguir con estupor las apocalípticas medidas y situación que nos sirven diariamente los medios (tal vez ahí está nuestro único punto de resistencia, hacer un apagón informativo y aislarse de los manipuladas noticias con que nos amenazan todos los días). No soy yo, la gran mayoría de la sociedad tiene la vida mermada, cortada, anulada, en suspenso. ¿Por qué? Por una pandemia de altísima morbilidad y bajísima mortalidad que nos acompañará en los próximos meses o años. La escasa mortalidad se cebará en individuos envejecidos y enfermos, de ellos la mayoría morirá y otros pocos fuera de esos grupos moriremos. Sin embargo, en la Europa del siglo XXI, convertida en un gigantesco geriátrico, los ancianos (seres, por definición, sin futuro) dominan (dominamos) a los jóvenes (personas cuya existencia es, fundamentalmente, futuro). Es el escenario perfecto para el autoritarismo: una sociedad atemorizada e idiotizada queda relegada en su propia casa agradecida a sus secuestradores que los "cuidan" tan bien. Así, los jóvenes menores de treinta años (una minoría cada vez más exigua en Europa) están viendo como su presente y su futuro están siendo hurtados por una enfermedad que para ellos es benigna. Los países europeos ya han sido destruidos. No ha habido guerra ni bombardeos, pero el tejido industrial y empresarial ha sido destruido para décadas. Ha sido una guerra psicológica que ha promovido el suicidio económico de toda Europa.
 ¡Muera el autoritarismo! ¡Muera la gerontocracia!