jueves, 20 de enero de 2022

"Los hermanos corsos", de Alejandro Dumas.

  Novela menor de Alejandro Dumas padre; no es, evidentemente, El conde de Montecristo ni Los tres mosqueteros, tanto por extensión como por calidad literaria. Pero sí sigue el estilo que hizo mundialmente famoso al francés: es una "novela histórica de aventuras", y contiene los clichés más conocidos: exotismo, personajes de comportamiento desaforado, arcaísmo en esos caracteres... Lo que pasa es que en 1844 Córcega podía ser tan exótica para un parisino como lo es hoy el planeta Marte. Dumas se recrea en esa isla francesa haciendo un retrato de sus paisanos que hoy, probablemente, sería tildado de abusivo y estereotipado. Sí, igual que Georges Bizet creó su ópera Carmen con personajes españoles estereotipados (gitanas, bandoleros, toreros...), Alejandro Dumas, tirando de nuevo del manido tópico del sur salvaje y romántico, crea corsos desbordados por los sentimientos, que sólo piensan en enamorarse y en vengarse los unos de los otros, como si fueran animales incapaces de razonar. Esos instintos animales mantendrían enfangada la isla, aunque Dumas no tiene ningún afán moralizante, sino que lo muestra con esa sorpresa no carente de agrado ante lo primitivo. Es una novela narrada en primera persona, en parte como si de un libro de viajes se tratara.
 El argumento es el siguiente: el autor (nunca es nombrado, por cierto) viaja a la isla de Córcega, a una comarca rural, lejos de Ajaccio, la capital, donde las costumbres francesas ya se hacen notar. En esa Córcega rural, plagada de italianismos tanto en toponimia, antroponimia y costumbres populares (algo real, si recordamos la cercanía geográfica a la península Itálica y la pertenencia de la isla, durante siglos, a la República de Génova), los hábitos más animalescos perduran siempre, entre ellos la famosa vendetta (ya se sabe, terrible tradición por la que una familia agraviada tenía derecho a cobrarse en sangre el agravio) y la presencia de las almas de los fallecidos que servían de una suerte de recuerdo y mensajeros para los vivos. En esa tesitura en la que las leyes modernas no tenían lugar, el autor conoce a la familia de Franchi, compuesta por una madre viuda y dos hermanos gemelos; éstos nacieron unidos por el costado al nacer y fueron separados quirúrgicamente; uno de ellos, Lucien, vive en la isla y el otro, Louis, estudia Derecho en París. El autor conoce por esta familia la costumbre de la vendetta y que el vínculo entre los gemelos es más estrecho de lo habitual, llegando a sentir el uno dolor cuando el otro es herido. A pesar de lo brutal de su existencia, estos de Franchi son de lo más "potable" de esa Córcega rural, de hecho, el tal Lucien llega a ejercer de árbitro para detener una vendetta entre dos familias que se había cobrado ya nueve vidas, todo por una afrenta con una gallina de por medio. En fin, tras empaparse de toda esta barbarie atávica, el autor vuelve a París, allí conoce al otro hermano gemelo, Louis, que, a pesar de su vida parisina, ya se ha enfangado en esas supuestas luchas de honor, pues siente que ha de batirse en duelo con un tal Château-Renaud porque éste sedujo a la mujer de un amigo del corso que había quedado a su custodia. Con esa otra creencia corsa según la cual los muertos se aparecían a los vivos para hacer premoniciones, el padre de los de Franchi se aparece a Louis, el parisino, para decirle que morirá en ese duelo al día siguiente. Por no hacer sufrir a su anciana madre y, sobre todo, por no empezar una vendetta familiar decide escribir a Córcega para confesar a su madre que muere de una "fiebre cerebral"; así se conjura la estúpida revancha que acabaría en un baño de sangre. Dicho y hecho, el tal Louis de Franchi muere en el duelo. Pero toda su prevención de escribir a la familia corsa mintiendo al asegurar que moría de enfermedad se viene abajo cuando su propio fantasma se aparece a su hermano contando todo lo sucedido. ¿Consecuencia? Lucien de Franchi se planta en París y desafía a duelo a Château-Renaud. Claro, el de Franchi mata al asesino de su hermano, vengando así su muerte, y vuelve a su primitiva isla.

 En fin, costumbres primitivas y bárbaras contadas con ese deslumbramiento por lo exótico y cuasi medieval que había en ese periodo literario que los críticos llamaron Romanticismo. Que Dumas padre pertenece al Romanticismo literario es evidente, pero no he podido recordar a cada página que leía de Los hermanos corsos otra novela, ésta escrita a mediados del siglo XX que narra la misma costumbre anacrónica según la cual alguien agraviado tenía derecho a cobrarse en sangre el agravio. Estoy hablando de Abril quebrado, de Ismael Kadaré, que novela una costumbre semejante en la Albania rural y que, según el autor, permaneció más o menos en vigor hasta hace pocas décadas. Claro, ahora pienso en la llamada "ley gitana" que, más o menos, tiene las mismas brutales consecuencias y que presume, sorprendentemente, de no someterse a la ley civil del país en cuestión. En todo caso, el bueno de Dumas no entra a juzgar la bondad o maldad de dichas costumbres, actúa como un turista ocioso que, todo lo más, expresa sorpresa por lo que ve.
 Sí me ha sorprendido la ligereza de la prosa de Dumas. Creo haber leído El conde de Montecristo allá por mis catorce o quince años (eones hace, pues) y creo recordar la típica prosa decimonónica: florida, adjetivada, lenta... Pues en Los hermanos corsos ésta no es así, sino que es una prosa rápida, más narrativa que descriptiva, con muy poca adjetivación, sin apenas frases subordinadas... Y, desde luego, me ha parecido estar leyendo en todo momento una novela juvenil (subgénero, por cierto, cultivado por Dumas, aunque Los hermanos corsos no pertenecería a él), sobre todo por la sencillez del argumento, la evidente categoría de bueno o malo de cada personaje, la falta de evolución en ellos... Parece, en efecto, una novela destinada a ser leída con quince años, tal vez así se puede valorar otros aspectos que a mí me hayan podido pasar inadvertidos.

martes, 18 de enero de 2022

"Tormento", de Benito Pérez Galdós.

  Otra deliciosa novela costumbrista de Galdós. Probablemente los sesudos críticos no lleguen a tildarla de "costumbrista", pero, en mi opinión, habiendo sido escrita hace ciento cuarenta años, los hechos narrados, la descripción de paisaje y paisanaje, las costumbres o hábitos de los mismos permiten incluir esta novela breve en esa categoría. En todo caso, Galdós es una categoría en sí mismo, con su dominio del habla popular, su minuciosa descripción psicológica de los personajes, su estilo directo que tanto facilita la lectura... Es muy fácil reconocer al escritor canario leyendo apenas un párrafo del texto. Digo "canario" por nacimiento y crianza, pero, literariamente hablando, Galdós se consagró, bien es sabido, retratando con una exactitud asombrosa a los madrileños y lo madrileño. Así, los personajes de Fortunata y Jacinta, por ejemplo, parecen salirse del texto hablando con ese acento cheli que, en parte, nos avergüenza un poco a todos los que nacimos a orillas del Manzanares. Pues Tormento (novela menor comparada con la antes mencionada) sigue transmitiendo esos ambientes castizos, eso y el comportamiento general de los individuos, sin ningún tipo de idealización, fotografiando fielmente a la sociedad del momento. Realismo en grado sumo, vaya.
 El argumento, grosso modo, es el siguiente: En el Madrid de fines del XIX, lleno de desigualdades sociales y relaciones sociales corruptas, viven Amparo Sánchez Emperador y su hermana Refugio, ambas huérfanas de padre y madre, padre boticario, por cierto. En una sociedad machista en la que la mujer ha de ser sólo madre y esposa, o meterse a monja, Amparo ha de vivir en una práctica mendicidad. Su mendicidad (y humildad) es aprovechada por la familia Bringas, con don Francisco a la cabeza (nominalmente, al menos) y Rosalía (la verdadera mandamás de la familia, exponente de la decencia a su propio creer), así como sus dos hijos ya creciditos. Rosalía representa la otra cara femenina de la novela: es dueña y señora de su casa y de los que por allí pasan; haciéndose la benefactora, explota y humilla a Amparo como a una criada a la que no paga sino con sobras de comida y ropa. Por casa de los Bringas pasa habitualmente Agustín Caballero, primo de Francisco e indiano que volvió de México con un poderoso caudal del que se aprovecha Rosalía. Naturalmente, el tal Caballero es una perita en dulce para la depauperada sociedad matritense del momento. Rosalía, en su afán controlador quiere su riqueza americana para sí, al menos para su hija, que lamenta sea demasiado joven para casar con su tío. Pero hete aquí que Caballero se ha fijado en la modesta joven que es maltratada a diario en esa casa, en Amparo, una mosquita muerta que aparenta tener todas las virtudes que el indiano, ya cerca de la cincuentena, anhela en una esposa. Hasta ahí todo bien, claro, pero Galdós complica el cuadro (y explica así el título de la novela) con una insinuada relación ilícita previa entre la tal Amparo y un sacerdote díscolo, Pedro Polo, a medio camino de colgar los hábitos o abandonar el país y centrarse de nuevo en la vida religiosa. La insinuada relación fue en el pasado lejano y supone una gran vergüenza para Amparo, un secreto ignominioso que pone en peligro la relación entre Amparo y Agustín. El nombre de "tormento", al parecer, se lo dio el propio Polo como nombre a una relación imposible. Bueno, hoy en día todos estos problemas parecen remilgos de novicia, pero en aquel siglo XIX, la reputación de una mujer era el tesoro más preciado, algo que con una simple habladuría se echaba a perder y arruinaba para siempre la vida de la fémina. Y precisamente eso, las habladurías y las insinuaciones son lo que abundan en esa pacata sociedad: la hermana de Pedro Polo, mujer maledicente que aparenta virtud, extorsiona a Amparo con la tenencia de dos supuestas cartas manuscritas dirigidas a su hermano que pondrían en "negro sobre blanco" la vergonzante relación. Rosalía, claro está, aprovecha esta circunstancia para amenazar a Amparo con tirar de la manta y arruinar la boda con Caballero que tanto odia ella. En fin, una novela que retrata con extraordinaria verosimilitud esas relaciones pequeñas, mezquinas y miserables que han tenido enfangado al ser humano in sécula seculórum.

 Galdós, quizás anticipando el siglo XX (o quizás adelantándose a su tiempo, vaya usted a saber), opta por dar salida al amor de Amparo y Agustín olvidando el qué dirán, haciéndoles vivir finalmente con oídos sordos a las insinuaciones y rumores de los enanos morales que los rodean.
 Así que: novela costumbrista por completo; tal vez los protagonistas no vayan con traje regional o sean toreros y taberneras, pero el relato de las costumbres, de los hábitos sociales es tan minucioso que esa etiqueta está totalmente justificada. Además, la representación de ese Madrid miserable, sucio y pedigüeño que sobrevive malamente a base de agua y mendrugos de pan duro lleva a la capital del país a ser otro personaje más. Análogamente a lo que se dice de muchas novelas de Dickens, en las que Londres es otro personaje en sí mismo, aquí Madrid es otro protagonista, la descripción de su callejero (calle del Pez, calle Beatas, plaza de Santo Domingo, calle Leganitos...) convierte a la martirizada ciudad que me vio nacer en otro atribulado personaje más, otra Amparo maltratada y vilipendiada, esta vez por sus propios habitantes.
 Ya en un plano personal, la lectura de estos ambientes galdosianos me provoca sentimientos encontrados: la cercanía geográfica genera en mí recuerdos de personas cercanas que ya no están y que, precisamente, sus vidas de circunscribieron a esas zonas aledañas a Gran Vía, y, por otro lado, las pequeñeces de la cotidianeidad, preñada de miserias, rencores y resentimientos que emponzoña nuestras vidas, me provoca un rechazo visceral que apenas puedo soportar; tal vez por eso lea tanta literatura anglosajona.

lunes, 10 de enero de 2022

"To All the Great Books I Haven't Read", by Grant Snider (www.incidentalcomics.com)


 Image taken from the website www.incidentalcomics.com

"El diario de un hombre decepcionado", de W.N.P. Barbellion.

 Nunca leo biografías, me parecen demasiado fútiles en un mundo despiadado, brutal e inmisericorde como el humano. Incluso las de “grandes hombres” que supuestamente han marcado la historia de sus países o de todo el mundo me parecen muestras ridículas del afán del “mono con pantalones”, ese estúpido animal que cree estar por encima de los otros. Sin embargo, me dejé engañar una vez más por la propaganda editorial, en este caso por la de Alba Editorial, editorial a la cual tengo cierto aprecio en tiempos recientes, sobre todo por publicar de nuevo grandes clásicos de la literatura victoriana. Entre eso y lo que leí en la página de Wikipedia sobre el autor y su libro me decidió a sacarlo de la biblioteca. Craso error.
En breve, el diario es el de Bruce Frederick Cummings, que escribe bajo el pseudónimo de W.N.P. Barbellion. El tal Barbellion fue un inglés nacido en 1889 y fallecido en 1919, tan solo treinta años de vida, por tanto. Es en principio el diario de un joven (comienza en 1903, cuando cumplía catorce años) apasionado por el estudio zoológico, un estudiante aplicado y muy ambicioso, pero que tiene una salud extraordinariamente frágil (dolores de cabeza frecuentes, palpitaciones, dolores generales con frecuencia e incluso parálisis de miembros), además de una situación familiar (de salud de sus padres, principalmente) también muy precaria. A medida que el chico se va convirtiendo en hombre, crecen sus ambiciones, anhela publicar tratados de zoología, trabajar en prestigiosos centros de investigación de su país... pero la salud se debilita a pasos agigantados y la repentina muerte de su padre le impide estudiar carrera alguna. Todo esto crea en el joven, claro está, un sentimiento enorme de frustración que aparentemente amarga su carácter. Acaba trabajando en el Museo Británico, pero en un puesto de escasa importancia y en el que, además, es menospreciado por sus compañeros al carecer de estudios universitarios. Su salud es cada vez peor, las parálisis laterales se alternan con momentos de fatiga extrema que le impiden incluso levantarse de la cama, así como ceguera temporal de uno u otro ojo. Finalmente, conocerá que padece esclerosis múltiple, la enfermedad que lo aniquilará con tan solo tres décadas de vida.
Historia personal tremenda, pues. El diario está muy pulcramente escrito, se lee de forma rápida y sencilla. Es (dependiendo de la sensibilidad del lector, claro) una lectura emotiva, de “interés humano” que dicen por ahí, pero no tiene valor literario alguno. De nuevo, no quiero ser injusto con el diarista ni con aquellos a los que les gustan los diarios: éste está narrado con brillantez, pero es que (cuesta decirlo cuando la vida de este chico es tan terrible) son muestra de un egoísmo sin límites. En este caso, sin embargo, no hay que desdecirse: él mismo afirma en varias ocasiones que es un egotista y que su ambición es desmedida, algo que contrasta tristemente con su pobre salud y problemas familiares. El tono del diario es francamente pesimista, pero de un pesimismo que hiere y aniquila (aquí, de nuevo, dependerá de la sensibilidad del lector). Barbellion repite una y otra vez el malestar psicológico que le supone tener la pésima salud que tiene y la sensación de fracaso y frustración que lo anega; en numerosas ocasiones se plantea el suicidio, e incluso llega a hacerse con una pistola para acabar con su vida. Y ese es uno de los males de los diarios, en mi opinión, no ya de los que finalmente se publican y son exitosos, no, de todos, los diarios acaban por acentuar la manía que afecta a cada uno, en el caso que nos ocupa, la manía depresiva e incluso suicida. Lamento decirlo, El diario de un hombre decepcionado no tiene valor literario alguno, puede tener ese interés humano al que antes hacía referencia, pero, en mi opinión, no justifica su publicación en un ámbito meramente literario. Por otra parte, ya esto es algo que me aplico yo, leer estos diarios tan deprimentes en la época que nos ha tocado vivir es francamente desaconsejable, no aportan nada más que acentuar esa depresión de la que uno trata de huir como del Diablo.

jueves, 6 de enero de 2022

"Apocalipsis"

Género literario precristiano, concretamente judío. Etimológicamente, “Apocalipsis” significa manifestación, revelación, aunque en tiempos modernos ha sido asimilado a caos, destrucción o fin de los tiempos. Es una texto que hoy se nos antoja cruel y desaforado, pero que en tiempos primitivos habría sido perfectamente entendido y asumido; sobre todo porque es un texto para cristianos perseguidos de forma brutal que ven la muerte y la destrucción de la realidad terrena como algo positivo. “El mundo presente se encuentra bajo el control del Maligno, por eso Dios lo destruye”. Dios, por tanto, limpia de morralla su creación con este apocalipsis, algo semejante al Diluvio Universal.
 El texto es muy coyuntural (de la época en que fue escrito, claro), en el sentido de que, según los exégetas, la referencia a Roma (“la bestia”) es equiparado al poder terrenal. Es necesario recordar que, en aquellas fechas, el Imperio Romano perseguía, torturaba y asesinaba a los cristianos (hecho que ocurrirá hasta la llamada “Paz de la Iglesia”, el Edicto de Milán, de 313). Por contraposición, la “nueva Jerusalén” es, claro está, la Iglesia cristiana.
 Con respecto a la autoría, hoy se entiende que fue Juan el Zebedeo, alguien que, para uno que acostumbrado a la narrativa de terror como un servidor, fue un excelente narrador y creador de criaturas malignas, al nivel de Poe o Lovecraft.
 Los siete sellos significan misterio, al romper el último se conocerá la voluntad última de Dios. Al romper los sellos suceden cosas anteriores a la revelación (grandes desgracias): la primera, la plaga o azote de Dios; la segunda, la guerra civil; la tercera, la hambruna; la cuarta, la peste; la quinta, el martirio de los cristianos; la sexta, la cólera divina; y la séptima, los siete ángeles con siete trompetas, cada una de las cuales provoca una gran desgracia. Hoy, en 2022, conociendo aun por encima la historia humana cabe preguntarse cuándo se ha producido el apocalipsis, porque, desde luego, esas siete desgracias han ocurrido centenares de veces a lo largo del tiempo.
 Peculiar es la simbología de la mujer y el dragón: la mujer es la Iglesia, atacada por el dragón, el Maligno. En la narración, la mujer está encinta, el dragón se apresta a devorar al niño según nazca. Todo vuelve a la normalidad cuando se produce la batalla en el cielo entre el dragón y el arcángel San Miguel.
 Continuando con la coyunturalidad histórica, se profetiza que Babilonia derrotará a Roma, cosa que no ocurrió; y se da la fecha fija de mil años a partir del nacimiento de Cristo para que ocurrieran todos estos hechos. Esto, ya sabemos, provocó un milenarismo agudo entre los habitantes de Europa en torno al paso del siglo X al XI, que llevó, por contraposición, a un notable optimismo al superar sin grandes problemas el año 1.000.
 El epílogo es, claro, la victoria final de Cristo sobre el poder terrenal. Leyendo esta última sentencia, sólo puede uno preguntarse, ¿cuándo será finalmente tan deseado fin?

"La cantante calva", Eugène Ionesco.

  Estudiando lo que entonces se llamaba "B.U.P." (esto es, Bachillerato unificado polivalente, ¡chúpate ese eufemismo!) recuerdo estudiar el nombre de Ionesco y su obra teatral primordial, La cantante calva, como obra señera del Teatro del absurdo que, supuestamente, dominó la vanguardia teatral, al menos en Europa,  en aquellos años de posguerra. No nos la hicieron leer ni representar, ¡a Dios gracias!
 Trato de no ser injusto al leer esta obra y darle la importancia que pudo tener en su época: en un continente arrasado por la guerra, tratando de alejarse de la miseria económica y moral... Tal vez, en esa tónica, el teatro servía de válvula de escape, buscando un nuevo tipo de humor... o tal vez, simplemente, los sesudos críticos teatrales trataron de crear una nueva corriente dramatúrgica a partir de nada...
 ¿El teatro del absurdo pretendía hacer pensar a los espectadores que sus vidas no tenían sentido? La respuesta académica más usada era que el teatro del absurdo provenía de una concepción existencialista de la vida. Supuestamente, a través del humor disparatado y absurdo ridiculizaba a la sociedad y sus costumbres. ¿Explicación plausible? Puede, pero rebuscada.
 Lo que antes decía: tras la debacle humana de la Segunda Guerra Mundial y sus horrores, la sociedad europea tenía que repensarse de nuevo. Se había ido demasiado lejos en la deshumanización, eso es lo que podría dar sentido al teatro del absurdo: es como un aldabonazo en la adormecida nuca del espectador que le lleva a comprender que algo no funciona en su sociedad.
 La cantante calva fue representada por vez primera en 1950, hoy, en 2022, no se llega a comprender totalmente. En parte porque los convencionalismos sociales que pone en solfa ya no están vigentes, en parte porque es demasiado sutil en sus planteamientos.
 Los de Alianza Editorial dicen: "Lo que comienza como un disparatado diálogo formado con tópicos de manuales de enseñanza de idiomas va transformándose progresivamente en un ataque al lenguaje como representación de nuestra concepción del mundo hasta llegar a su total destrucción por medio de la fragmentación de la palabra". Vale, lo compro. ¡Pero todo eso pasa en la última escena, la undécima! Y en las diez escenas anteriores, ¿qué pasa? En las diez escenas previas hay una sátira (si es que esta obrita tiene alguna importante) hacia las convenciones sociales en las que las familias burguesas invitaban a otras semejantes a su casa y hablaban de la actualidad con esas normas de cortesía insufribles, rebosantes de falsedad y afectación.
 Ahora estoy recordando otra obra clave del teatro del absurdo, de Miguel Mihura, Tres sombreros de copa, que le da cien mil vueltas a ésta de Ionesco, tanto en crítica social como en humor disparatado. Quien no me crea que lea ambas obras, una tras otra. La cantante calva es una "obra clave a nivel mundial" que no está justificada en absoluto como tal. Sólo una industria (teatral, literaria o cultural, da igual) con exclusivos intereses económicos pueden lanzarla como referente teatral o cultural.

miércoles, 5 de enero de 2022

"Hero", Family of the Year.

 Let me go
I don't wanna be your hero
I don't wanna be your big man
I just wanna fight with everyone else.

Your masquerade,
I don't wanna be a part of your parade
Everyone deserves a chance to
Walk with everyone else.

While holding down,
A job to keep my girl around,
Maybe buy me some new strings,
And her a night out on the weekend.

We can whisper things
Secrets from our American dream.,
Baby needs some protection,
But I'm a kid like everyone else.

So let me go.
I don't wanna be your hero,
I don't wanna be your big man,
I just wanna fight with everyone else.

Your masquerade,
I don't wanna be a part of your parade.
Everyone deserves a chance to
Walk with everyone else.

https://www.youtube.com/watch?v=mYFaghHyMKc

martes, 4 de enero de 2022

Cartas paulinas (II)

 Continuamos con las epístolas de San Pablo y otras que no son de tan egregio autor: 
Carta a los tesalonicenses (I y II): Supuestamente, el escrito más antiguo del Nuevo Testamento (los exégetas creen que fue escrito en torno a los años 50 o 51 de nuestra era), tal vez por ello sea una de las cartas más cercanas al espíritu evangélico, pues reza literalmente: “procurad que nadie devuelva a otro mal por mal, tanto entre vosotros como entre los demás. Estad siempre alegres. Orad sin cesar. Dad gracias en toda coyuntura...”, algo que, efectivamente, vivifica el alma y es acorde con el principal mensaje cristiano; no es como el resto de las cartas, mucho más apegado al ámbito humano, de creación de una estructura social humana (la Iglesia) y su funcionamiento.
 Cartas a Timoteo (I y II): Se duda de que sean obra de san Pablo. Siguen con las normas para la organización de la Iglesia, con sus jerarquías dividas en tres niveles (obispos, presbíteros y diáconos), así como qué tienen que hacer y cómo esos tres estamentos. Aparece aquí, al parecer por vez primera, la prohibición explícita para que la mujer tenga un papel importante en la Iglesia.
 Carta a Tito: Carta personal de san Pablo, que envía a Tito, máximo responsable de la primitiva Iglesia cristiana en Creta. Continúa con las recomendaciones para obispos y presbíteros, aunque también da directrices moralizantes para el conjunto de los cristianos.
 Carta a Filemón: Brevísima epístola personal en la que Pablo se dirige a Filemón, cristiano rico (¿oxímoron?), en favor de Onésimo, su esclavo, para que sea tratado como amigo. ¿No chirría algo aquí? ¿Se puede ser cristiano y, a la vez, rico entre pobres? ¿Se puede ser cristiano y tener esclavos? Desgraciadamente, desde principios del cristianismo se hace la vista gorda con personajes que, por interés para la Iglesia, son contados entre los cristianos aun cuando se comportan como bárbaros paganos.
 Carta a los hebreos: No es ni carta ni de san Pablo. El exégeta de la editorial paulina dice que hoy se considera que los destinatarios no eran judíos sino cristianos antes paganos, pero se habla de la superioridad de Cristo sobre Moisés, y se exhorta a abandonar las prácticas judeizantes. Ese mismo exégeta afirma que esta epístola habla sobre el “peligro de los cristianos”, “el cansancio”. Supongo que será el cansancio de la vida que acaba alejando del “camino estrecho” para acabar cayendo en el “camino ancho”, eso y los que se consideran cristianos como mera identidad personal y social, que son la mayoría, tristemente.
 Carta a Santiago: Otra carta no paulina. Presente en la biblia católica, no en la reformada. Asegura el exégeta que es más judía que cristiana. Lutero la rechazó porque argumenta que la solución sólo se logra con obras, no sólo con la fe. Incluye multitud de consejos y exhortaciones para llevar una vida bajo moral cristiana.
 Cartas de San Pedro (I y II): De estas se duda incluso de la autoría que afirman en su título. Epístolas muy católicas (en el mal sentido). Exhortan a vivir en el mundo sometidos al poder terrenal, con algunos fragmentos que reproduzco para que les chirríe a los europeos del siglo XXI. “Mujeres, sed sumisas a vuestros maridos”, “esclavos, someteos”. ¿Mensaje cristiano?
 Carta de San Juan: Más encíclica (manifiesto teológico) que epístola. Amonestación contra los gnósticos (aquéllos que rechazan la naturaleza mesiánica de Cristo y la redención de la humanidad por Su muerte en la cruz). Parece ser que en los inicios del cristianismo, éstos, los gnósticos, eran muy importante en número y, de hecho, podrían haber sido la corriente dominante de la época.
 Carta de San Judas: Último libro antes del Apocalipsis. Se duda si la autoría es de Judas o de alguien posterior. Abominación de la doctrina gnóstica, de nuevo.
 Para terminar con el repaso a las epístolas del Nuevo Testamento me reafirmo en la opinión de que no transmiten ningún mensaje importante, salvo excepciones. La mayoría son instrucciones para organizar esa estructura social exclusivamente humana que es toda Iglesia. Siendo comprensivo, es de suponer que sería necesario en aquella época homogeneizar e incluso jerarquizar (para evitar cismas, secesiones y demás) la organización, aunque sólo sea para poder evangelizar de una forma más eficaz y poder llegar a todos los rincones del mundo conocido en la época. En el siglo XXI (y mucho antes), sin embargo, no es necesario evangelizar, creo yo, al menos de palabra... Quiero decir que hoy todo aquel que quiera conocer el mensaje de Jesús de Nazaret lo puede hacer fácil y libremente, sin necesitar de pasar por el filtro de una Iglesia (cualquiera de las que existen) que solamente va a dar su versión como válida mientras tilda de heréticas al resto. Por otro lado, siempre pensé que la verdadera evangelización no consiste en cansarse de predicar en un púlpito, sino vivir de acuerdo a la moral cristiana, y quien quiera fijarse en las obras de aquel que lo haga. Lo que ocurre es que, por desgracia, desde aquellos primeros años, unos cuantos miles (que con el paso del siglo llegarían a millones) de espabilados quisieron hacer profesión (en el sentido pecuniario y de modo de vida, no de vocación) de la evangelización; es decir, que se apuntaron al carro de la Iglesia para poder comer y medrar socialmente, llegando los más inescrupulosos a ejercer altos cargos en la misma.

"La pequeña Dorrit", de Charles Dickens.

  Otra extensa novela (952 páginas en la edición de la Editorial Alba) que fue publicada en su época, como tantas de Dickens, por entregas en publicaciones semanales. No tiene, desde luego, la rotunda belleza de David Copperfield, ni la apabullante historicidad de Historia de dos ciudades, tampoco la desbordante humanidad de Oliver Twist, pero las características principales del gran escritor victoriano están de principio a fin. La feroz crítica social que aparece en las tres obras maestras antes citadas también está en La pequeña Dorrit, en este caso dirigida a aquellas cárceles para delitos económicos y financieros (fundamentalmente, deudas impagadas) que menudearon por el Londres de finales del XIX y que el propio padre del escritor sufrió como prisionero durante muchos años. Esto es otra constancia en Dickens: los lugares que son verdaderos personajes de sus novelas; habitualmente, Londres con su smog, sus calles atestadas de basura, de mendigos andrajosos, de miseria económica pero sobre todo moral... Ahora el “personaje geográfico” de la novela es la Cárcel de Marshalsea, un despreciable penal símbolo de todas las injusticias humanas del Imperio Británico de la época (y, quede claro, de cualquier país, estado, imperio, república o nación de aquel tiempo... de éste... y de siempre). Sin embargo, Marshalsea es una sociedad dentro de la sociedad, y, aunque sorprenda (no para los lectores de Dickens), los presos son mucho más honestos que los carceleros.
 En cuanto a los “personajes humanos”, Dickens gusta de delinearlos por excelsas descripciones de sus caracteres, pero también por oposición a otros que son sus antítesis. Así, por ejemplo, Dorrit (como tantos protagonistas dickensianos) representa la humildad, la caridad y la bondad; mientras que su propia hermana, Fanny, es la imagen de la soberbia, la vanidad, la inmisericordia... ¡Cuántas veces se lee esto en Dickens... y cuántas se ve en nuestra sociedad y aun en nuestras propias familias! Para Charles Dickens, claro está, siempre será preferible una sociedad de corderos a una de lobos, algo que está presente en la esencia del mensaje evangélico, tan caro para el inglés y para todas las personas de bien. Dickens, como gran moralista, pergeña personajes otorgando virtudes evangélicas a protagonistas y defectos satánicos a los demás.
La impresionante calidad prosística de Dickens le permite alternar narración con descripción de una forma perfecta, pues las minuciosas descripciones no detienen nunca el sosegado pero firme ritmo narrativo. Un ejemplo notable es la descripción que hace del padre de la señora Plornish en el capítulo XXXI del primer libro, Dignidad.
 Para no acabar sin encontrar un solo defecto en esta novela y, en general, en todo Dickens, he de afirmar que, debido a la necesidad que tenía en su época de publicar por entregas en esas revistas semanales, a veces, la trama puede parecer un tanto estirada artificialmente; eso, y que muchos de esos capítulos acaban con un giro argumental que no se explica salvo que se esté aumentando la intriga para que el lector compre el siguiente número de la revista de marras. Un poco esa expresión un tanto injusta que ya escribí antes de “literatura de té y pastas”, en el sentido de que uno se imagina a orondas señoras burguesas cuyas vidas transcurren plácidamente entre rutinas insulsas de ámbito social, discutiendo con sus amistades las últimas entregas que ese joven escritor, ese tal Dickens, había publicado recientemente. Bueno, pues sí, tal vez, pero eso hace ciento setenta años, hoy, leer a Dickens es uno de esos placeres que le permiten a uno (misántropo como pocos) reconciliarse con el género humano, al menos con los humanos con esa sensibilidad y talento literario, claro.

domingo, 2 de enero de 2022

"Ladrón del tiempo", por Terry Pratchett.

 Vigésimo sexta entrega de la saga del Mundodisco. La tortuga espacial, la Gran A'Tuin sigue surcando el Multiverso, con cuatro gigantescos elefantes sobre su concha, sobre los que descansa el Mundodisco. Curiosamente, en esta entrega, que tiene el nombre que se da en inglés a la procrastinación, thief of fime, no tiene mucho que ver con ese pernicioso hábito, aunque sí con el tiempo, su control y el fin del mundo.

 Se trata de especular sobre el paso del tiempo, la importancia relativa de las cosas con el paso del mismo... En esencia, el argumento es éste: los auditores de la realidad (seres espirituales, incorpóreos e incapaces de tener emociones o sentimientos) quieren acabar con la realidad, quieren detener el tiempo y reorganizar todo lo existente. Para ello encarga a Jeremy Relójez, excelso maestro relojero, que construya un reloj que marcará con absoluta precisión el tiempo, para poder, en última instancia, detenerlo. Ese es, digamos, el “equipo de los malos”, el de los buenos son los Monjes de la Historia, protectores del paso impertérrito del tiempo; de ellos, un simple barredor, Lu-Tze, es el más capacitado. Lu-Tze toma como aprendiz a Lobsang, que luego se revelará como hermano gemelo (antitético, en realdiad) de Jeremy. Lobsang y Lu-Tze se encargarán de que no se detenga el tiempo y de eliminar a los auditores. Para ello contarán la ayuda de Susan Sto Helit, nieta de la Muerte, y de una auditora que descubre el placer de ser imperfecto y falible, esto es, de ser humano. La Muerte en persona no podrá ayudarles porque tendrá que hacer su entrada triunfal con los otros Jinetes del apocalipsis, que, por cierto, aquí no son cuatro, sino cinco, a saber: la Muerte, la Peste, la Guerra, el Hambre y... y un lechero llamado Ronnie Soak (véase aquí la broma de Pratchett al invertir el nombre al supuesto quinto jinete que no es otro que el Kaos, nombre más punki y guerrero que el tradicional Caos).

Como siempre digo, lo que más me gusta de la apabullante imaginación de Terry Pratchett es su facilidad para ironizar sobre todo lo humano, ambientado en un planeta imaginario, con personajes de ficción, pero con atributos meramente humanos. En Ladrón del tiempo, Pratchett delinea a un tipo obsesionado con el tiempo (en la novela, Jeremy Relójez), exacto hasta la náusea, incapaz de la más mínima creatividad, un hombrecillo gris cumplidor de su obligación sin corazón ni alma; luego está otro personaje, desgraciadamente poco frecuente, que es el sabio humilde (encarnado en Lu-Tze), alguien que no destaca por nada, que desempeña las tareas más modestas, pero que es, con diferencia el más sabio de todos; por último, los auditores representan a los controladores compulsivos, que tienen que llenar sus vidas de reglas y normas sin las cuales se sienten perdidos, gente cuadriculada en fin, sin imaginación alguna.