martes, 1 de marzo de 2016

"El pequeño gran libro cumple medio siglo". Artículo de Ferrán Bono en el suplemento cultural de El País.

 Traslado a mi blog este artículo de Ferrán Bono por su gran concisión y por la enorme cantidad de libros de la colección de bolsillo de Alianza Editorial que pueblan los anaqueles de mi biblioteca personal.

 
 Se planteó como un juego literario, y también generacional. Porque no es lo mismo leer El lobo estepario con el hambre de comerse el mundo de un adolescente que coger la novela de Hermann Hesse ya talludito y baqueteado. Hubo incluso alguno que prefirió abstenerse y “pasar palabra”, siguiendo el tono lúdico de la pregunta formulada a los asistentes a la presentación de la conmemoración de los 50 años de la icónica colección de bolsillo de Alianza Editorial: ¿qué libro elegirías?
 El guardián entre el centeno, de J.D. Salinger; 1080 recetas de cocina, de Simone Ortega; La metamorfosis, de Franz Kafka; Cosecha roja, de Dashiell Hammet; Los dublineses, de James Joyce, La Celestina, de Fernando de Rojas; Poesía completa, de Lezama Lima... Cualquier lector atento del español podría ofrecer su propio canon de la citada colección, que supo aunar rigor y popularidad abriendo una cuña de pensamiento y literatura como si España no fuera la España franquista de entonces. “El lector suele tener una relación personal y de pertenencia con la colección. Los libros nos cambian, nos hacen crecer y también, por cierto, nos influye el aspecto material”, comentó ayer Valeria Ciompi, directora editorial de Alianza, en la comida en la que asistieron periodistas y responsable de las distintas colecciones de la firma que adquirió el Grupo Anaya en 1989.
 Ese sentido de pertenencia e identificación nace tanto por el placer de la experiencia lectora, que el paso del tiempo suele engrandecer, como por el estupendo y rompedor diseño de las portadas. Corría el año 1966 cuando José Ortega Spottorno, el hijo del filósofo José Ortega y Gasset, convirtió su distribuidora en una editorial, en compañía del intelectual Javier Pradera, del periodista Jaime Salinas y del diseñador Daniel Gil. “Era un equipo brillante que tendió un puente con los lectores”, agregó Ciompi. “El mismo precio que una entrada de cine”, decía uno de sus primeros lemas publicitarios. En colaboración con editoriales latinoamericanas (como Losada o Emecé en Argentina), la editorial incluyó en su catálogo autores política y socialmente controvertidos en un país sin libertades. Es el caso de Jean-Paul Sartre, Albert Camus o Andre Gide.
 
 Desde entonces se han publicado más de 2.000 títulos dentro de El libro de bolsillo, y un total de 3.500 sumando el resto de posteriores colecciones de Alianza, en las que también se han publicado libros tan trascendentales como La era de la información, de Manuel Castells, El otoño de la edad media, de Johan Huizinga.

El éxito de ‘1080 recetas’

 De todos los pequeños grandes libros de Alianza, el más que se ha vendido es 1080 recetas de Simone Ortega, que ya ha superado las 35 ediciones y los tres millones de ejemplares vendidos. Hasta de que el punto de que el editor fundador de la editorial solía contar con humor que, antes de la publicación de esta obra en 1973, era conocido por ser el hijo de Ortega y Gasset, después lo fue por ser el marido de la autora.
 El guardián entre el centeno, El señor de las moscas, de William Golding, y León el Africano, de Amin Maalouf, son otros de los títulos más demandados por el público de una colección que le ha perjudicado la noción anglosajona de los libros de bolsillo como una segunda explotación de los títulos, según explicó Javier Setó, responsable del área de bolsillo de Alianza. Porque en la colección se editan inéditos y títulos por primera vez. 
 
 Alianza ha renovado su catálogo, así como su aspecto. El reputado diseñador Manuel Estrada ha sido el encargado de continuar la labor de Daniel Gil. Ha renovado las colecciones y, con motivo de la conmemoración del 50 aniversario de los libros de bolsillo, se han vuelto a editar con una imagen completamente nueva títulos como El arte de tener razón, de Schopenhauer, El rumor del olea, de Mishima, Hitchcock, de Truffaut, En busca del tiempo perdido, de Proust, Así habló Zaratustra, de Friedrich Nietszche, o la Ilíada, de Homero, y las célebres novelas de Maalouf y Salinger. En mato saldrá otro lanzamiento de otros ocho títulos.
 La colección de Alianza ha sido un éxito, a pesar de que “para que los libros de bolsillo funcionen hace falta un país lector y España no lo es”, señaló Valeria Ciompi. Además de los bajos índices de lectura en España, hoy se lee de otra manera y se piratea mucho. Y un problema añadido, según expresó la propia editora, y que tiene que ver con el signo de los tiempos: la menguante existencia del “lector de libro completo”.

Ahora leyendo: "Barrio de Maravillas", por Rosa Chacel.

 No lo parece por la edad que alcanzó (ochenta y seis años), y porque tenemos imágenes suyas de los primeros años ochenta, pero Rosa Chacel fue siempre incluida en la Generación del 27, una generación de poetas muchos a los cuales imaginamos permanentemente ligados a la época circundante a la Guerra Civil. Pero Rosa Chacel destacó más en la prosa (aunque también escribió poesía e incluso ensayo) y superó ampliamente aquella terrible etapa de nuestro país, vivió exiliada, eso sí, la mayor parte de su vida adulta, algo en lo que coincide con el resto de aquel grupo.
  Y aun cuando esto es prosa, obviamente, el lirismo que destaca en algunos fragmentos, especialmente cuando describe la vida de Ariadna, enlazando todo su pasado por el tipo de luz que hace posible los objetos, nos deja bien a las claras que es prosa poética, lo cual enlaza con las características de la Generación del 27.
 Al margen del lirismo, Barrio de Maravillas es una curiosa mezcla, en el sentido de que el argumento es bastante banal, el despertar al mundo y a la complejidad de la vida por parte de dos adolescentes (Isabel y Elena), pero la búsqueda de ese estilismo tan depurado y complejo contrasta notablemente.
  La prosa poética es arrolladora en autores como Cortázar. En los relatos compilados en ese magnífico "tomito", Historia de cronopios y de famas, hay tal sentimiento poético que no se puede leer sin casi declamar. Tal vez la longitud es importante, porque en algunos fragmentos de Barrio de Maravillas me ha parecido en exceso largo para tanta vehemencia poética, se pierde el efecto entre más de veinte páginas y acaba por agotar... o, quizá, es que no me parece que el tema abordado requiera tan rebuscado estilo.

martes, 23 de febrero de 2016

Ahora leyendo: "Sotileza", por José María de Pereda.

 Pereda, como adalid patrio del Realismo literario, es una lectura densa, pero densa de verdad, nada que ver con la prosa moderna, rápida, sin apenas descripciones detalladas... no, leer a Pereda supone perderse en cuadros costumbristas, es como leer la descripción del cuadro de Las lanzas de Velázquez pincelada a pincelada. No en vano Sotileza supuso a su autor "emborronar" más de setecientas cuartillas y sin embargo el propio Pereda tenía dudas, según recuerda Germán Gullón en su excelente prólogo, debido a la "delgadez del argumento".
  Con todo, el mero hecho de describir de forma tan minuciosa un mundo que ya, afortunadamente, no existe (el de la miseria extrema en la ciudad de Santander) supone, a mi entender, una "gordura" de argumento más que suficiente para justificar la novela. Uno está harto de leer a excelentes novelistas contemporáneos con un gran dominio de la lengua, ocupar varios centenares de páginas con argumentos tan débiles que apenas son destacables.
  Es por ello que considero a Pereda como un esteta de la lengua, un escritor de formas cuasi perfectas cuyos temas, tal vez, carezcan de gran mordiente, pero que son una auténtica clase magistral para aquellos de nosotros que tenemos ese mal hábito de garabatear hojas con pretendidos fines literarios.

sábado, 20 de febrero de 2016

"Commitment Phobia" por Grant Snider, o cómo explicar la lectura compulsiva. (www.incidentalcomics.com).

www.incidentalcomics.com

Ahora leyendo: "La mujer del médico", por Brian Moore.

 Lo hago con frecuencia: cuando me gusta una novela de un autor concreto suelo buscar más bibliografía suya. Esto hice tras leer La solitaria pasión de Judith Hearne, un auténtico "novelón". De Brian Moore hay muy poco en español, incluso en inglés, es evidente que ha caído un poco en el olvido. Empecé esta:
  ¿Y qué tal va? Pues regular, la verdad. Hay muchas semejanzas: si en La solitaria pasión de Judith Hearne Moore era capaz de pintar un excepcional fresco sobre la hipocresía de la "buena sociedad" estancada en un mohoso ritual rutinario, en La mujer del médico también describe con gran maestría los caracteres tradicionales, en este caso el de una mujer de mediana edad y clase media que sucumbe a la arrolladora tentación del sexo juvenil... eso y que los personajes son de Belfast. El resto de la temática es bien diferente. Obviamente Brian Moore no es un escritor de grandes ficciones, de hecho, si hubiera nacido un siglo antes pudiera haber sido calificado de realista, esa tremenda corriente que en España tuvo a plumas tan insignes como Pérez Galdós, Clarín, Fernán Caballero, Pereda o Pardo Bazán.
  Tal vez sea que a mí esta temática me deja un poco frío. Entiendo la importancia subjetiva que toda vivencia personal tiene, tan grande como la de cualquier otro, pero... no sé, no me parece suficiente como para novelarlo. De hecho, hay momentos en que parece un poco una "novela romántica" de calidad, algo que, solo nombrarlo, da un poco de grima. Felizmente, el aspecto coyuntural del Belfast de los años 70, con el terrible enconamiento de la violencia sectaria entre protestantes y católicos salva un poco la novela. Aunque en realidad todo sucede en la Costa Azul francesa, los recuerdos que abordan a la protagonista (aquellos de la violencia vivida desde el punto de vista de la víctima que nada comprende) aportan un ingrediente que mejora notablemente el texto.

sábado, 13 de febrero de 2016

Inciso musical: música minimalista.

 Iba a titular esta entrada con el nombre del autor que más me ha deslumbrado recientemente: Ludovico Einaudi, pero supongo que, para ser justo he de incluir a otros que encajan en ese cajón de sastre llamado música minimalista.
Ludovico Einaudi
  He de reconocer que, salvo a Glass, a los demás los he conocido recientemente a través de la famosa aplicación para dispositivos móviles Spotify, en una de sus listas de reproducción llamada sospechosamente, Peaceful piano... con eso se dice todo... Pero, presunciones de superioridad cultural y tonterías al margen, esa nueva plataforma aprovechada por todos los músicos para darse a conocer a coste mínimo en cualquier punto del planeta facilita la difusión de la obra de estos genios de nuestros días, los nuevos Mozart del siglo XXI.
Max Richter
  La etiqueta de "música minimalista" que tanto rechazan algunos por su extremo simplismo, no queda tan mal a sus obras (aunque ciertamente se peque de generalización). Sus supuestas características: la repetición de frases musicales; la armonía estática, permaneciendo en un acorde de forma repetitiva; o el predominio del piano como instrumento fundamental, son comunes a todos ellos, por mucho que les disguste. 
Zoe Keating
  Con monstruos compositivos como Philip Glass o Michael Nyman como padres de la criatura, es fácil entender su penetración en la sociedad, eso y las archiconocidas bandas sonoras de películas, que pueblan nuestras anodinas vidas como si vidas de película fueran.
 Yo los escucho (sea en Spotify o no) para las tareas fundamentales de mi vida actual: leer, escribir, estudiar... ponen ese punto de calma y concentración que necesito, pero también conforman, como antes dije, la banda sonora de mi vida.
Philip Glass

Inciso cinematográfico: "The Haunting" (1963), dirigida por Robert Wise.

 Supongo que todo el mundo lo hace, al menos pudiéndose acceder hoy en día por internet tan fácilmente a películas antiguas, esto de visionar las adaptaciones cinematográficas de las obras que se está leyendo. Ya lo hice, por ejemplo, con Oliver Twist y otras muchas. El resultado a veces es descorazonador, otras, como es el caso actual, supone una cierta alegría.
 The Haunting es la adaptación de La maldición de Hill House de Shirley Jackson, dirigida y producida por Robert Wise y protagonizada por Julie Harris, Claire Bloom, Richard Johnson y Russ Tamblyn.
  Partiendo siempre del ámbito literario, busco que la película se parezca lo más posible a la novela. Es un cliché, pero normalmente la versión cinematográfica no alcanza nunca  a la versión escrita. En esta se es muy fiel a la obra literaria, se omite algo, muy poco, y no se introduce ningún elemento para hacerla más interesante visualmente. Siendo una película de terror psicológico, la fotografía juega un papel fundamental: el blanco y negro da una tenebrosidad muy afortunada y las tomas subjetivas con ángulo muy picado otorgan un aspecto casi expresionista al film, probablemente esto sea lo mejor. El reparto es más que aceptable, sobre todo Julie Harris en el papel protagonista, Eleanor Lance (cambiaron ligeramente el apellido del original, Vance), que con sus neurosis permanente es, en realidad, la que genera ese terror psicológico.
 Como curiosidad, la película fue rodada en Ettington Hall, una mansión de la campiña inglesa, algo que, junto con el coche que conduce Eleanor, un típico coche inglés de la época, choca un poco con la novela, ambientada en todo momento en Estados Unidos.
 Detalles al margen, esta es una excelente adaptación, es fiel al texto y aporta el extra que la imagen visual puede dar, siempre respetando el original.

martes, 9 de febrero de 2016

Conclusiones sobre "Tentación" de Székely.

 Una gran novela, de las mejores que he leído en los últimos tiempos. Dura, muy dura... por lo verosímil de lo narrado: miseria, explotación del hombre por el hombre, la impiedad humana... la vida, en definitiva.
  Siendo objetivo, y contando con lo absolutamente degenerado de la caza de brujas desencadenada en Hollywood por el senador McCarthy contra todo lo que no apestara a "puramente patriotismo americano", creo perfectamente factible que Székely János (orden nominal húngaro) fuera realmente comunista Al menos la barbarie que él sufrió fue la del bando fascista, el llamado Terror blanco que entre 1919 y 1921 trató de borrar los restos de la república comunista de inspiración soviética que se había instalado brevemente en el país magiar. Así se explicaría que huyera de Estados Unidos, el país que le permitió demostrar su enorme talento como escritor para acabar en la República Democrática Alemana trabajando para la compañía cinematográfica estatal. Con todo, y tomando como referencia esta novela como si fuera plenamente autobiográfica, Szekély no aparece sino como alguien que quiere vivir en paz con sus semejantes, buscando la justicia social más como solución a los problemas que como fin en sí misma. Sin embargo, la miopía estadounidense de posguerra no pudo ni quiso entender tal consideración, o se comulgaba plenamente con el ambiente patriotero dominante o se era un comunista y un antiamericano.
 Al margen de consideraciones políticas, he de repetir la gran admiración que siento por este escritor, por su capacidad de expresar de forma concisa, rápida, casi periodística la complicada vida en ese pequeño país centroeuropeo con complejos de imperio. Reconozco, no obstante, que su carácter no encaja mucho con el mío, tal vez más parecido al victimismo de un perdedor como Joseph Roth.
 Habiendo leído la novela por completo me surgen muy serias dudas de que quien escribe la brevísima reseña de la contracubierta haya leído toda la novela. Es inaceptable que no se haga referencia a su contenido político y todo se reduzca a lo que ocurre en los primeros capítulos... es lamentable que los que gobiernan los destinos de estas gigantescas editoriales (en este caso Penguin Random House) no muestren el más mínimo interés por lo que editan. 

lunes, 8 de febrero de 2016

Ahora leyendo: "La maldición de Hill House", por Shirley Jackson.

 No he terminado con Tentación de Székely, pero siento que tengo que alternar la lectura de esta novela. No es que no me guste, simplemente me afecta demasiado anímicamente. Tentación, ya lo dije, es, supuestamente, la autobiografía del autor húngaro, una colección de sinsabores, miserias y fracasos que rompen el ánimo al más plantado (y no soy precisamente yo el "más plantado"); en realidad también es una novela de supervivencia, de lucha ante la adversidad, de superación en definitiva, pero me estaba dibujando un cielo plomizo encima de mi ya de por sí lúgubre cabeza. Así que, simultaneo Tentación con esta novela de Shirley Jackson: La maldición de Hill House.
  Digamos que necesito borrarme de la cabeza los golpes de la realidad con golpes de ficción... un tanto raro, pero así soy. La evasión siempre fue una norma en mi afán lector: unas ganas enormes de desaparecer como individuo detrás de un montón de hojas impresas, de anularme como persona para entrar en las vidas de desconocidos. Por eso, cuanto más distintas fueran las vidas leídas, mejor. Afortunadamente nunca he atravesado circunstancias tan negras como las de Béla R. el protagonista de Tentación, pero no puedo dejar de angustiarme...
 Centrándome ya en La maldición de Hill House, esta es una novela más de tensión psicológico que de horror propiamente dicho, es un tema bastante recurrido en la literatura anglosajona: la de las casas encantadas. Todo mucho más liviano, más irreal y llevadero que las desgracias narradas por Székely.
 Según los de Valdemar, La maldición de Hill House "es mucho más psicológica que fantástica", pues hace más hincapié en la evolución psicológica de los personajes que en la aparición de fantasmas o criaturas extrañas. Es un género que hoy en día ha caído en desgracia. Hoy se prefiere lo evidente frente a lo sutil, la víscera sanguinolenta frente a la insinuación de la locura, el grito desgarrado frente a la palpitación... bueno, pues de todo eso (lo sutil, lo psicológico, la insinuación...) hace arte la buena de Shirley Jackson.

viernes, 5 de febrero de 2016

Septiembre de 1940, biblioteca de "Holland House", Kensington, Londres.

 Esta fotografía es el fondo de pantalla que tengo en el ordenador en el que escribo. Como reza el título, fue tomada en septiembre de 1940, cuando las bombas del Tercer Reich aterrorizaban noche sí y noche también a los londinenses. Es la biblioteca (lo que queda de ella) de una noble casa: Holland House en el céntrico barrio de Kensington. Al margen de la alta calidad de la fotografía (es utilizada como ejemplo en cursos sobre encuadre y composición fotográfica), es una imagen de una gran simbología. Lo es porque supone la supervivencia de la cultura frente a la barbarie (en este caso de los nazis, pero es ampliable a cualquier otra imposición por la fuerza). En realidad no es más que un reducido grupo de curiosos (tal vez alguno se llevó algún libro a su casa) que rinde pleitesía al que para mí es el verdadero templo de erudición y de cultura del ser humano: la biblioteca. El sitio creado por los humanos para luchar contra esa barbarie animalesca a la que antes aludía. 
 Esta fotografía es, además, simbólica para mí como individuo. La tomo en el plano personal porque, a lo largo de mi vida, me he sentido miles de veces como esta martirizada biblioteca: asediado, vilipendiado, insultado, ofendido y maltratado. En mi caso no eran bombas nazis, pero la intención era semejante: hacerme cambiar, no permitir que viviera mi vida, injerirse hasta el más íntimo átomo de mi existencia... Así que... sí, también eran bombas, y también de nazis. Tal vez no lleven uniforme de las SS, pero su catadura moral es la misma. Lo que más me dañó fueron las bombas nazis de aquellos que tenía más cerca, principalmente la familia (últimamente la familia política). Frente a todas esas bombas, no obstante, sigo en pie... quemado, derruido, dañado sin reparación posible, pero en pie, como la biblioteca de Holland House, y, pese a quien pese, seguiré adelante con mi vida tal y como yo la concibo sin plegarme a sus intimidaciones y convenciones sociales y, sobre todo, sin pedir permiso ni perdón.