domingo, 11 de junio de 2017

Grabinski, Kafka y el Trastorno obsesivo-compulsivo.

 Dicen los psicólogos, psiquiatras y demás gentes de mal vivir que un trastorno obsesivo-compulsivo es un trastorno del comportamiento humano generado por la ansiedad y que consiste en el pensamiento y acción repetitiva y compulsiva de una determinada rutina que lleva a la disminución de la ansiedad. Bien, llevado a su extremo probablemente toda rutina sea un trastorno obsesivo-compulsivo, y, por tanto, no haya absolutamente nadie libre de tal comportamiento anómalo. Sin embargo, ya en puridad, dicho trastorno está ampliamente distribuido por la sociedad, aunque a muchos les cueste aceptarlo. Tal trastorno es, por ejemplo, lavarse las manos decenas de veces al día (o los dientes), volver a candar una cerradura una y otra vez cuando ya lo hicimos, mantener un orden perfecto en las cosas, creer y mantener ritos supersticiosos (aquí entrarían todos aquellos que, de un modo u otro, practican una religión -véase un católico repitiendo incesantemente un rosario, un judío meneando la cabeza mientras reza la shemá, o un musulmán ante las cinco oraciones diarias-), pequeños tics y costumbres repetitivas, etcétera. Sí, casi todos hemos caído en alguno de esos ejemplos alguna vez en la vida. Y si es así en la vida, ¿cómo es en la literatura?
Imagen tomada de Commons Wikimedia
  El escritor con más evidentes muestras de este trastorno es, qué duda cabe, Franz Kafka. Probablemente él mismo fue alguien psicológicamente atribulado, al menos sus personajes lo fueron. En El proceso la pesadilla burocrática a la que se enfrenta Josef K. una y otra vez tiene mucho de trastorno obsesivo-compulsivo, toda vez que repite una y otra vez la pregunta sobre por qué ha sido arrestado para no obtener respuesta jamás. En El castillo, K. choca una y otra vez contra la alienante burocracia para nunca encontrar la autoridad del castillo y su incorporación como agrimensor. En general, todo los textos kafkianos tienen una obsesiva repetición que deshumaniza las relaciones personales y las llevan al más claro trastorno psiquiátrico.
Stefan Grabinski. Imagen tomada de Commons Wikimedia
 En el relato El eterno pasajero de Grabinski también es evidente el trastorno obsesivo-compulsivo. Aquí Agapit Kluczka es un aparente viajero más en una estación de tren, con su maleta y sus nervios propios de la partida; cuando el tren va a abandonar la estación, Kluczka sube, busca su asiento y se dispone a viajar, pero justo antes del pitido que anuncia la salida, se levanta y sale apresuradamente del tren... así, una y otra vez, por eso los empleados ferroviarios le llaman "el eterno pasajero". Qué ejemplo más claro de trastorno obsesivo-compulsivo que la de un tipo que todos los días de su vida va a coger un tren pero finalmente lo deja pasar. 
 En realidad, casi todos los relatos recogidos en este tomo editado por Valdemar (El demonio del movimiento y otros relatos de la zona oscura) tienen un tufo kafkiano evidente, quizás más orientados hacia el relato de terror que los del checo pero igualmente desasosegantes. Es totalmente seguro que Kafka y Grabinski, que fueron contemporáneos, no se conocieron ni se leyeron, pero en ambos los desórdenes psicológicos provocados, en buena medida, por una sociedad alienante y deshumanizada les llevaron a converger de una forma particularmente interesante.

sábado, 10 de junio de 2017

"El demonio del movimiento" y otros relatos de la zona oscura, de Stefan Grabinski.

 Para mí, leer y escribir son actos solitarios. Sin embargo, con frecuencia se encuentra a alguien que comparte hábitos y costumbres y, para qué negarlo, uno quiere intercambiar impresiones. No es raro que los caracteres coincidan: introversión, retraimiento, incluso inseguridad social (por no hablar de fobia) suelen darse también en el otro; pero, desgraciadamente, entre los "letraheridos" también hay imbéciles al uso de nuestra insigne sociedad, gentes engreídas y pedantes que tratan de demostrar su erudición en cada palabra que vomitan. Entre estos últimos los hay tan doctos que presumen de no leer nada que no sea en su lengua original, para "ya sabes, evitar los vicios de los traductores". Lo peor de todo es que no tienen empacho en hablar de todo tipo de autores y de todo tipo de lenguas, romances, germánicas o eslavas, es decir, que esos bobos presumidos, tan pagados de sí mismos, hablan centenares de lenguas... La estupidez humana es verdaderamente agotadora. Obviamente un par de preguntas "malintencionadas" sirven para desmontar todo el tenderete de mentiras que ellos mismos se han construido para tapar su ínfima pequeñez, y comprobar que a duras penas entienden algo que no sea castellano. Cuento todo esto para defender la labor imprescindible de los traductores, justo ahora que empiezo a leer el volumen que publica Valdemar de este tan Grabinski y que al parecer seguía acantonado en su lengua materna, el polaco.
  Porque, claro, todos hemos leído a Poe en inglés, o a Pessoa en portugués, algunos habrán leído a Baudelaire en francés, a Levi en italiano, a Günter Grass en alemán, a Tolstoi en ruso... y así sucesivamente, pero lo cierto es que, siendo sinceros, a falta de traductores nos ibamos a tener que contentar con la extraordinaria literatura en español. Lo que puede ser discutible es la formación y el buen hacer de los traductores. Algunos sin titulación alguna han traducido de forma fiel y apropiada, véase la traducción que hizo Cortázar de la de Poe, y otros, sin embargo, con toda esa vanitas vanitatis que supone las titulaciones actuales, han destrozado obras completas, no digamos ya si es poesía. Por ello, desde este humilde e ignorado blog vaya un sentido agradecimiento de lector a todos aquellos traductores comprometidos, puntillosos y respetuosos con las obras en que trabajan, y que tantos buenos momentos nos han deparado. De paso, informo de que la traductora de este volumen editado por Valdemar es Katarzyna Olszewska Sonnenberg.
  Este tal Grabinski, por cierto, ha sido llamado "el Poe polaco", un hito en la literatura fantástica y de terror que, perteneciente a aquella prolífica época de finales del XIX y principios del XX, no participa de la lengua más utilizada en este subgénero narrativo y que, claro está, es el inglés. Uno de los hechos más peculiares de esta literatura fantástica es que todos los temas están permitidos, se goza de una libertad que no es frecuente en otros subgéneros narrativos. Así, por ejemplo, Grabinski se"especializó" en relatos en los que el tren es el hilo conductor de la trama... todo una novedad que aporta originalidad al autor.

sábado, 3 de junio de 2017

"Cuánta tierra necesita un hombre" y otros cuentos, de Lev Nikoláievich Tolstói.

 Que Tolstói es uno de los gigantes del siglo XIX que ha hecho sus deudos a todos aquellos que buscamos una razón para existir no lo discute nadie. Han pasado más de cien años de su muerte y su figura se agranda tanto en el plano literario como en el humano. En el primero quedan las novelas inmortales: Guerra y Paz, Anna Karénina o Resurrección; y en el plano humano los cuentos y relatos de naturaleza ensayística en los que retrata el alma del hombre con una sencillez y, a la vez, una profundidad difícil de alcanzar. Este tomo editado por  Alianza editorial pertenece, obviamente, al segundo grupo.
  En el primer cuento, Tres muertes, Tolstói describe los óbitos de otras tantas personas, diversas en su extracción social y su nivel cultural, que ven acercarse el fin de sus días con una mezcla de desesperación  ante lo inevitable y de resignación cristiana finalmente. El resultado es conmovedor por la sencillez con que la miseria humana queda retratada; los últimos párrafos, en los que el autor recuerda la insignificancia de nuestras vidas al narrar la continuación de la vida natural con una indiferencia pasmosa deja todo claro... todo sigue igual.
 Los cuentos son la estructura narrativa perfecta para que alguien del talento de Tolstói pueda dejarnos patidifusos (si se tiene la suficiente sensibilidad literaria e intelectual, claro) ante los grandes hechos de la vida, que son, justamente, los contrarios de los que la gente vulgar (esa que domina el mundo) cree.
  Este tomo es, por tanto, una guía para una vida humana libre de la estupidez, ceguera y soberbia que enfangan a la mayoría de nuestros semejantes... una verdadera guía espiritual.

lunes, 29 de mayo de 2017

Ahora leyendo: "Doña Perfecta", de Pérez Galdós.

 Vuelvo a Pérez Galdós, con una de sus obras cumbre de juventud, pero que ya contiene las características que son tan evidentes: realista en lo estético, con abundante sarcasmo e ironía, con un alter ego entre los personajes (en este caso el protagonista, Pepe Rey) y, sobre todo una prosa cervantina que lo convierte en atemporal.
  Esta edición de Cátedra abre, como es habitual en su colección Letras Hispánicas, con un sesudo estudio de la vida y obra del canario universal; dicho estudio, claro está, lo he pasado por alto para centrarme en el texto sin injerencia alguna, por mucho que estas sean erudición en estado puro.
 En Doña Perfecta se percibe ya el claro posicionamiento político y social que tuvo Galdós toda su vida y que suponía una lucha sin cuartel contra todo lo rancio, ultraconservador y mohoso que había en nuestro país (y que, desgraciadamente, parece resistirse a morir) y un anhelo de la apertura social, política y económica que elevara España a aquellas potencias europeas que se habían subido al carro de la Revolución Industrial, y que fueron tomadas entonces como bandera por el Partido Liberal. Es por ello que los personajes galdosianos están divididos entre los héroes con profesiones modernas y liberales (ingenieros, médicos, políticos...) y los antihéroes con ocupaciones propias de épocas más arcaicas (terratenientes, clérigos, sacerdotes...). Aquí concretamente, Pepe Rey es ingeniero mientras que Perfecta encarna el inmovilismo absolutista, arengada por el canónigo local, don Inocencio, representante de la atrasada Iglesia.
   Pero para mí lo más querido de Galdós es su absoluto dominio de los distintos registros "sociolectales". Es un verdadero maestro a la hora de poner en boca del pueblo llano expresiones y dichos que aportan redondez a los personajes; ya dije que Valle-Inclán (amigo personal de don Benito) le embromaba llamándolo "Benito el garbancero" por su excelente uso del habla coloquial. Esto es sobresaliente en Fortunata y Jacinta, pero también en Doña Perfecta se aprecia claramente, dando al habla de Pepe Rey un toque más técnico, al párroco uno más espiritual, o a Perfecta el más tradicionalista. 
 Pérez Galdós es un verdadero "maestro de escritores", para todos aquellos que quieran aventurarse a juntar palabras y oraciones, pues entreteje acción y personajes con notable lucidez sin caer en grandilocuencias que lo echen todo a perder.

domingo, 21 de mayo de 2017

"Dosto", el mejor psicólogo.

 Es difícil encontrar una fineza psicológica, una descripción del temperamento tan aguda  como se halla leyendo a Dostoyevski. En El doble, la evolución psicológica del personaje está tan bien pergeñada que uno se ve reflejado a sí mismo y a muchos otros insignes representantes de nuestra docta y evolucionada sociedad.
Imagen tomada de Wikipedia
  Con Dosto se disfruta de la lectura en un plano que excede con mucho lo meramente cultural y llega a las cotas más profundas de descripción de la psique humana, ya sea en comportamiento individual o colectivo. Es muy fácil sentir a Goliadkin como lo es hacerlo con Raskolnikoff o los Karamazov. Es una lástima que haya tanta gente que lea bazofia contemporánea promocionada por las grandes editoriales.

lunes, 15 de mayo de 2017

Ahora leyendo: "El doble", de Fyodor Dostoyevski.

 El doble es una novela (cuando fue escrita su extensión lo clasificaría como relato) "menor" del atormentado escritor ruso. No es Crimen y castigo, ni Los hermanos Karamázov, ni Los endemoniados, ni El jugador, ni El idiota, de hecho podría ser considerada una obra juventud, pues fue publicada en 1846, a los 25 años del autor. Sin embargo, El doble ya incluye las líneas maestras de su obra: temas como la pobreza extrema junto al derroche más reprochable, la minuciosa descripción psicológica de los personajes que son literalmente diseccionados delante del lector y el nacimiento de los movimientos filosófico-políticos (comunismo, anarquismo...) tan efervescentes a mediados del siglo XIX.
  El personaje principal, el funcionario Goliadkin, es un tipo que solo vive para medrar socialmente, de modo que no duda en aparentar ser quien no es (alquilando coches de caballos y trajes de etiqueta, así como adoptando una actitud prepotente y arrogante) para codearse con una fracción de la sociedad más elevada que aquella a la que pertenece. Al sufrir un desaire por parte de su jefe que lo rechaza en una comida en honor de la hija de éste, Goliadkin se divide en dos: el personaje real y el que ha ascendido (supuestamente) a esa esfera social superior. El tratamiento literario que da Dostoyevski a la esquizofrenia real de Goliadkin es solo esperable en autores como Freud o Jung, una verdadera proeza que solo alguien que pasó un verdadero infierno mental (como el ruso) puede llegar a desarrollar.
  Al margen de lo esquizoide del personaje, hay una evidente crítica a la falsedad de la sociedad rusa del momento, de su superficialidad, de una verdadera degradación moral de la que, me temo, estamos viviendo de nuevo en estos tiempos.

domingo, 7 de mayo de 2017

Feria del libro de Valladolid, 2017.

 Cincuenta años de ferias del libro en la ciudad del Pisuerga, ya recuperada la ubicación que todos los interesados prefieren: la Plaza Mayor.
Imagen tomada del sitio web ferialibrovalladolid.com
 

miércoles, 26 de abril de 2017

Ahora leyendo: "Lección de alemán", por Siegfried Lenz.

 Un verdadero descubrimiento este Lenz. Eso es lo malo (o bueno, según se mire) que tienen los premios: que proyectan al escritor premiado a todas las lenguas y países, mientras que los no premiados quedan en el ostracismo. Porque siendo Günter Grass y Heinrich Böll premios Nobel de literatura, uno se pregunta que habrá hecho o dejado de hacer este tipo para no conseguir tal galardón. Siegfried Lenz tiene una calidad literaria que, en algunos textos, supera claramente a los de sus compatriotas, especialmente en lo referente al aspecto formal, al dominio del lenguaje. Tras leer El barco faro, comienzo con esta.
  La prosa de Lenz es preciosista, con un afán por la descripción minuciosa y una lentitud en el tempo que parece más ruso que alemán. Tal vez los temas no están tan implicados en la sociedad alemana de posguerra ni en el escudriñamiento de la mente humana como los de Böll o Grass (sobre todo Böll), ese, tal vez, sea el único defecto que le pueda poner a este autor. En eso no encaja tan bien en la llamada "Literatura de escombros" que psicoanalizaba la culpa germánica por haberse dejado llevar por los cantos de sirena del nazismo.
 En Lección de alemán, Siegfried Lenz toma un hecho trivial, la redacción de una composición literaria de un joven en un centro penitenciario, para pintar un fresco de la sociedad del momento, con una transición suave y perfectamente engrasada, tanto que nos lleva de un lado para otro sin que el lector se llegue a dar cuenta.
  Una suerte descubrir autores como Lenz, un verdadero bálsamo tras la lectura de novelas actuales con un ritmo apresurado y periodístico.