martes, 25 de diciembre de 2012

De cómo hacer de un autor perfectamente olvidable un fenómeno editorial: J.D. Salinger

  El otro día hablé de la diferencia que, a mi entender, hay entre un fenómeno literario y uno editorial; es muestra del fuerte divorcio que hay entre la creación artística y el negocio puro y duro. Uno de los ejemplos más típicos es J.D. Salinger.
  Vaya por delante que Salinger pertenece a eso que han llamado "Generación Beat", junto con Kerouac o Ginsberg, conjunto de escritores que nunca fue de mi total agrado; pero recuerdo haber leído En el camino de Kerouac y encontrarle cierto atractivo y también algún poema pasable de Ginsberg. Entiendo que muchas obras literarias tienen una coyunturalidad muy marcada, especialmente en tiempos de cambios sociales, como fueron los 60 en los Estados Unidos... pero aún así, no acabo de encontrar relevante a Salinger ni a su mejor obra: El guardian entre el centeno.
  Salinger es un autor mediocre, con tramas poco interesantes, personajes poco desarrollados y, en general, novelas perfectamente olvidables, sin embargo... sin embargo fue elevado a los altares por el mundo editorial norteamericano; un posterior intento de prohibición por la sección más puritana de su sociedad, escandalizada ante el "lenguaje soez", no hizo sino acabar por apuntalar el éxito del que nadie hoy en día es capaz de bajarlo, de hecho, en aquella sociedad es tabú hablar de la mediocre calidad de Salinger.


lunes, 24 de diciembre de 2012

Albert Camus

  Otro de los grandes de la literatura francesa, también fenómeno mediático.  Reconozco que antes de leerlo tenía serias dudas, precisamente por si más que un fenómeno literario lo era editorial (esto es, un producto bien vendido más que un buen producto). Lo leí. Me equivocaba, disfruté mucho con su visión de la sociedad que retrata, que no cabe duda, es la mía, con su falsedad e hipocresía burguesa. No tengo claro que mereciera el Nobel de literatura (con solo 44 años), al menos si lo mereció él, lo habrían merecido cientos de autores que no lo recibieron.
   Camus es, para mí, el escritor de la alienación, de una sociedad formada por hombres y mujeres autistas, que siguen adelante sin mirarse dentro, cercenando su capacidad de sentir; también es el escritor de la sociedad moderna, sin Dios alguno (por mucho que  las iglesias, mezquitas, sinagogas y demás templos estén llenos), la sociedad moderna no tiene Dios, pues el hombre ha usurpado su lugar; en el pasado los hombres no trataban de hacer o no hacer, todo lo dejaban en manos de Dios..."Dios lo quiere así", ahora (repito, por mucho que la mayoría se declare creyente), se considera que somos capaces de hacer todo, que todo depende de nosotros, lo bueno y lo malo, en definitiva hemos pasado de un extremo al otro, pura ley del péndulo, y por supuesto ambas situaciones extremas están equivocadas. 
 La peste es una novela de fácil lectura, sin grandes exigencias... aparentemente. Narra la labor de unos médicos que trabajan desbordados en una epidemia en Orán (por cierto ciudad natal de Camus, un Pied-Noir); se tiene la sensación de que los protagonistas son incapaces de luchar contra la peste, pero lo siguen haciendo, ellos solos, abandonados de todos. Los críticos la calificaron de existencialista, aunque  Camus no lo aceptó, desde luego, muestra a unos hombres abandonados a su suerte, sin principio teísta alguno, que basan su vida en la solidaridad y el apoyo mutuo.

domingo, 23 de diciembre de 2012

Ahora leyendo: "El buque fantasma" de Richard Middleton

  No conocía al tal Middleton, parece ser que puede ser englobado en lo que los anglosajones llaman "novela gótica" denominación no muy afortunada que incluye a escritores del Romanticismo especialmente interesados en temas ocultos y misteriosos, ejemplo típico: Edgar Allan Poe.
   Middleton es muy posterior a Poe, su corta existencia transcurrió entre 1882 y 1911; vida, según parece, desgraciada e insatisfactoria que le llevó a suicidarse antes de cumplir los 30. Dejó un puñado de relatos y poemas con temática fantástica y de humor negro.
  Actualmente no soy muy aficionado a estos temas, aunque siendo joven leí a Poe de arriba a abajo y desde él, continué hacia Lovecraft y otros maestros del "terror gótico"; si compré esta colección de relatos cortos fue por la editorial.
   La editorial Valdemar es uno de esos honrosos ejemplos que demuestran que en el negocio editorial no todo son las enormes multinacionales que, como verdaderos charcuteros alemanes -palabras de uno de sus mayores representantes, José Manuel Lara-, pesan los libros a publicar cual chorizos sin mostrar el más mínimo interés cultural. Valdemar ha optado por un sector que estaba poco desarrollado en España, esa novela gótica, de terror, de ciencia ficción, literatura fantástica en general, de la que antes hablaba. ¡Brindo por ellos!

José Saramago

   A diferencia de Perec, todo el mundo conoce a Saramago, era un verdadero "fenómeno mediático", no solamente por el Nobel, sino por sus conocidas ideas en los ámbitos social y económico.
  No entraré a discutir las opiniones en los ámbitos antes citados, me ceñiré al plano literario. Saramago es, para mí, especialmente en los contenidos de sus novelas, un buscador de la naturaleza humana, tanto individual como colectiva, alguien que trata de despojar esa naturaleza de todos los convencionalismos racionalistas que la han emponzoñado desde tiempos inmemoriales, un poco como Tolstoi; lo que más me cuesta de sus novelas es la lingüística caótica que limita todo a comas, obviando el uso de otros signos (dicen las malas lenguas que eso se debe a que su mujer, Pilar, fue quien traducía directamente al castellano, ignorando la labor profesional de un buen traductor).
  Los personajes de Saramago son eminentemente buenos, sencillos, hombres y mujeres que tratan de sacar sus duras vidas adelante contra viento y marea. Destacaré La balsa de piedra, no tanto porque sea su mejor novela, no lo es, sino porque pone en el candelero una vieja idea que no quiero desterrar totalmente: la unión de los distintos pueblos de Iberia.  

sábado, 22 de diciembre de 2012

Georges Perec

  Uno de los más admirados escritores franceses del siglo XX, modelo de otros escritores, especialmente de aquellos relacionados con lo que se ha dado en llamar "metaliteratura" (esto sería algo así como la literatura que habla o se basa en literatura, novelas de ficción en las que sus personajes están inmersos en obras literarias o que directamente son autores) como Enrique Vila-Matas o Roberto Bolaño -entre los que escriben en lengua castellana-. Un autor de novelas y relatos muy densos, en los que juega con las ideas, un típico "escritor intelectualizado".
  Pido perdón si suena rara la ligera descripción que he hecho arriba de él, pero considero que no es inapropiada. Perec, con otros intelectuales franceses creo el grupo llamado Oulipo cuyo acrónimo se podría traducir por algo así como "taller de literatura potencial"... y a eso se dedicaban, habían creado un verdadero taller para ahondar en los tipos de creación literaria, es decir se "devanaban los sesos" para encontrar formas de narración originales y auténticas... Probablemente Georges Perec era el más dotado de todos ellos, porque su prosa, además de ser extraordinariamente interesante en su ilación, muestra una capacidad de descripción difícil de igualar. La crítica personal negativa que hago a Perec (igual que se podría hacer a aquellos de la metaliteratura) es que flaquea en la elección de temas con verdadero mordiente, historias que atrapen, vaya.
  De Perec leí Las cosas, en esta no había todavía mucha "experimentación" narrativa, es un relato más o menos autobiográfico de una joven pareja y las cosas que poseen y anhelan; Un hombre que duerme, que ya sí entra en esa búsqueda de la originalidad tanto en la forma -tratando de hacer una prosa rápida, con muchas comas y pocos puntos-, como en el contenido -el tema trata de un tipo que de un día a otro rompe con las pasiones en la vida, se lleva arrastrar por una dulce indolencia y apatía, como aquel famoso Bartleby de Melville, "preferiría no hacerlo" era su tremenda sentencia-; y La vida, instrucciones de uso, que pasa por ser su obra cumbre, en ella sí que experimenta nuevas formas de narración, de hecho el argumento principal es la descripción de la vida de los inquilinos de un bloque de viviendas parisino en diferentes épocas, pasando de un piso a otro por movimientos del caballo del ajedrez... ¡díganme que esto no es imaginativo!
  Desde luego Perec debió ser un tío interesantísimo, un verdadero buscador en este mundo de conformistas y plagiarios, sin embargo sigo echando en falta en sus novelas ese "argumento que quita el hipo", si lo hubiera tenido, con su potencialidad (valga la repetición del Oulipo) estaríamos hablando del escritor más importante del siglo XX, sin lugar a dudas.
  Lo curioso es que la vida de Perec no debió ser precisamente fácil, o al menos las de sus padres, de ahí podía haber sacado materia narrativa... pero no lo hizo. Su apellido nos suena conocido, claro, proviene de un Pérez, o mejor dicho un Peretz; en efecto, Georges Perec provenía de una familia de judíos sefarditas que, tras haber pasado por otras zonas de Europa (parece que también tenía sangre askenazí) acabaron en Francia. Cuando los nazis con su locura racista rastrearon toda Europa en busca de judíos, toparon con esta familia; según parece, el padre decidió llevarse por delante algunos "boches" antes de que lo cazaran, y de hecho se unió a la Resistencia y murió en enfrentamiento con tropas nazis; entonces la madre comenzó una huida con el pequeño Georges (era nacido en 1936, con lo que debía ser un crío de no más de 5 o 6 años) y consiguió entregarlo a unos familiares antes de que la Gestapo la detuviera y enviara  a Auschwitz, donde moriría. Los tíos que lo criaron le cambiaron el apellido a Perec y, parece ser, le dieron una infancia y juventud acomodada y tranquila. En fin, una vida terrible como lo fueron aquellos tiempos en Europa.
  En cualquier caso, merece la pena leer a Perec, es uno de esos escritores que deslumbra, que deja entrever un talento que muy pocos tienen. 

viernes, 21 de diciembre de 2012

Marcel Proust

  Un ídolo de masas, casi todo el mundo lo conoce pero casi nadie lo ha leído... Para los tiempos que corren, con sus prisas, sus superficialidades, su irreflexividad, Proust es demasiado reposado, barroco, introvertido... Su obra fundamental, la saga En busca del tiempo perdido es una delicatessen solo para iniciados... pero no necesariamente para aquellos que tengan grandes conocimientos literarios, no, solo para aquellos que quieran leer una vida entera, pero una vida sin grandes acontecimientos, sin grandes aventuras... No, no es lectura para los que gustan de hazañas que dejan sin respiración...
   Pongámoslo claramente, Proust fue un "señorito bien" de familia acomodada, buen hijo, buen ciudadano, siempre comedido, nunca tuvo un trabajo en el sentido tradicional del término (vivía de las rentas de la familia, mayores al ser hijo único), no queda claro siquiera que hubiera mantenido relaciones amorosas que no fueran platónicas... tan solo ocultaba una posible homosexualidad reprimida, lo demás no es sino un lento pasar del tiempo de su vida en la biempensante sociedad parisina de paso del siglo XIX al XX. Los temas de las siete novelas son las relaciones con la familia, especialmente con su madre y abuela; las relaciones sociales con los iguales, aquellas del té con pastas; de rondón se cuela la situación social y política de Francia y Europa; y todo aderezado por una profunda y calmosa reflexión sobre las pequeñeces de la vida.
   No negaré que la prosa tan lenta, adjetivada y un poco anacrónica (los críticos dicen que lo era incluso para su época) dificulta la lectura, sin embargo, si se toma uno el tiempo y tiene la tranquilidad suficiente, puede ser una lectura deliciosa. En mi caso, no pude evitar el descubrir semejanzas entre la sociedad que reflejaba Proust y la que había vivido yo (mejor dicho, la que me habían hecho vivir mis abuelos maternos), una sociedad muy calmada, casi autista ante los problemas, que disfrutaba con la repetición secular de protocolos y convencionalismos, una sociedad, en fin, "hipocritona" y falsa, muy pequeñoburguesa. Las formas acomodadas, de parabienes fingidos y frases hechas que recoge Proust son prácticamente las mismas que recuerdo de mis abuelos Alfonso y Manolita, las propias que la "gente de orden" viv en un barrio acomodado del Madrid de principios de siglo y que me transmitieron ya en su senectud.

jueves, 20 de diciembre de 2012

Charles Pierre Baudelaire

  De Baudelaire no lo dudé, la imagen que quería poner es la que sigue, creo que esa mirada fiera, desafiante, honrada y amargada representa bien tanto su vida como su obra.
   Su mirada refleja su condición de poeta maldito, incomprendido, tachado de mero provocador, odiado y admirado por igual; un poeta cuya obra cambiará el rumbo de la poesía francesa y europea, acabará con el romanticismo y dará paso a una nueva época, más sincera y brusca que aquella. Las flores del mal supone una transgresión de todas las normas establecidas en moralidad, un poco lo que volvería a hacer D.H. Lawrence con su El amante de lady Chatterley; Baudelaire buscará lo "no bello", tratará de huir del "spleen" (tedio lo llaman ahora) entregándose a todos los "vicios" habidos y por haber, dejando así en evidencia a la hipócrita moral pequeño-burguesa de la época (la suya y la nuestra).
   Una cita del inmortal Baudelaire como muestra de su pensamiento:
 "Todos los imbéciles de la burguesía que pronuncian las palabras: inmoralidad, moralidad en el arte y demás tonterías me recuerdan a Louise Villedieu, una puta de a cinco francos, que una vez me acompañó al Louvre donde ella nunca había estado y empezó a sonrojarse y a taparse la cara. Tirándome a cada momento de la manga, me preguntaba ante las estatuas y cuadros inmortales cómo podían exhibirse públicamente semejantes indecencias."

Ahora leyendo: "La tierra baldía" de T.S. Eliot

  Probablemente no tendremos problemas en citar varios novelistas clásicos del ámbito anglosajón (cualquiera, incluso los que no leen nada -benditos ellos-), Walter Scott, Mary Shelly, Byron, Dickens, las hermanas Brontë, James Joyce, Virginia Woolf, Orwell, Beckett, Tolkien, Rushdie, Huxley, los modernos Follet y compañía... si no leerlos, al menos han oído sus nombres... Pero con la poesía extranjera ya es más complicado... alguien dirá que lo difícil es que la masa lea poesía, sí, no le falta razón, y que los pocos que hacen "el esfuerzo" de leerla, se "centren" en la poesía en lengua española... también tendrán razón... En cualquier caso, en poesía en lengua inglesa es imprescindible citar a T.S. Eliot.
 Es sorprendente lo que les cuesta a muchos leer poesía (me refiero a aquellos que leen habitualmente y tienen un cierto interés cultural), quizá sea una mal sistema educativo que no fue capaz de descubrirles la esencia de la vida, del hombre, de sus ansias, lo bueno y lo malo... todo, condensado en un poema. Otros, sin embargo, en nuestro penoso deambular por la faz de este hostil planeta, descubrimos en la poesía  la vitamina necesaria para levantarnos otro día y luchar contra el desánimo y la profunda estupidez del género humano y su miserable existencia ratonil.
   De T.S. Eliot, su poema más admirado, canónico para los estudiosos de la lírica anglosajona del siglo XX, es la tierra baldía, de hecho, los primeros versos son conocidos por buena parte de la población de aquellos países:
 
Abril es el mes más cruel, criando
lilas de la tierra muerta, mezclando
memoria y deseo, removiendo
turbias raíces con lluvia de primavera.
El verano nos sorprendió, llegando por encima
del Starnbergersee
con un chaparrón; nos detuvimos en la columnata,
y seguimos a la luz del sol, hasta el Hofgarten,
y tomamos café y hablamos un buen rato.
No soy un ruso, que viene desde Lituania, soy un verdadero alemán.

miércoles, 19 de diciembre de 2012

Mi "segundo útero materno": una biblioteca

  Será la tranquilidad, el silencio, la compañía protectora de los libros... no sé, pero si hay sitios en los que me siento especialmente seguro, sitios en los que la zozobra anímica desaparece, esos sitios son las bibliotecas.
  Lo he sentido desde mi juventud, las bibliotecas y las librerías tranquilas y con poco público se convertían en mi refugio; allí no me alcanzaba esta miserable sociedad con sus exigencias, allí era yo mismo... sin máscaras protectoras...
   Podría hacer un panegírico sobre la bondad de las bibliotecas como lugares de formación, verdaderos reservorios del saber literario y científico, respetables templos de erudición humana... pero no me apetece, par mí, las bibliotecas son refugios frente a la frialdad vital, frente a la dureza del vivir.
  En mis más de cuarenta años no he encontrado (además, por supuesto, del refugio que ofrecen los afectos de los seres queridos) sitio más entrañable.

P.S. Las bibliotecas a las que voy y he ido no tienen la magia de las imágenes que expongo... ni falta que les hace...
 

martes, 18 de diciembre de 2012

Juan Ramón Jiménez

  ¡Qué decir de Juan Ramón! Desde mi adolescencia entreví una semejanza mía más que evidente con el poeta moguereño... quizá una sensibilidad exacerbada, una inestabilidad anímica notable (Juan Ramón decía que toda su vida fue "zozobra emocional") y una búsqueda de la belleza en las cosas más sencillas... que nadie se alarme, no estoy tan loco, sé que me separará siempre su talento estelar del que, ¡ay de mí! No he catado casi nada.
   Elegí esa foto de los océanos "internáuticos" de un juvenil Juan Ramón con franca sonrisa, que no es la más habitual, estamos acostumbrados a fotos más tardías, cuando ya había recibido el Nobel (año 56) y había quedado devastado por la muerte de su compañera, de su cayado anímico, de Zenobia.
   Con regularidad vuelvo a la antología que tengo de Juan Ramón, como quien vuelve a una antigua fuente del origen para seguir un día más perdido en este mundo sin sentido, pero al menos con su luz como guía.
 
EL CORAZÓN ROTO

Creí que el pobre corazón ya estaba
compuesto para siempre.
Me lo había atado con las cuerdas de poesía
de mi lira alta y pura.
Comenzaba a florecer
por donde yo pasaba,
nuevo y gentil la primavera mía,
sueños de paz y cantos de alegría
la luz del sol en mi rincón entraba.
Entre las rosas, tú te apareciste
como siempre reidora e inconstante,
salvando redes y tendiendo lazos...
El mirar noble se me puso triste,
y el mal atado corazón amante
se me quedó otra vez hecho pedazos.
                                                        
 Juan Ramón Jiménez. Sonetos espirituales, 1917