sábado, 17 de noviembre de 2018

"Amok", de Stefan Zweig.

 Recopilación de relatos (hoy, tal vez, clasificados como novelas breves) del gran autor de Austria-Hungría junto con Joseph Roth. Autor de prosa lenta, adjetivada, con multitud de oraciones subordinadas, léxico muy rico... literatura de calidad, vamos. El relato que da nombre a el volumen de Acantilado, Amok, es la narración de una obsesión de un hombre cultivado e inteligente que es subyugado por una mujer dominante, con tintes freudianos muy evidentes. Como característica común el fin de la mayor parte de los protagonistas: el suicidio. Nada banal si sabemos cómo acabó sus días el propio Zweig.
 Según parece, Stefan Zweig escribió (o, al menos, publicó) en 1922 este relato, veinte años de suicidarse. ¿Tal vez la muerte autoinfligida pasó por la mente del vienés desde su juventud? Sus biógrafos más reputados apuntan a la desesperación que sufrió al ver el entonces imparable avance de las huestes nacionalsocialistas por toda Europa, la destrucción, por tanto, del mundo del que disfrutó con gran éxito en su juventud. Por tanto, se infiere que Zweig se suicidó ante la incapacidad de ver cómo la intolerancia, la intransigencia, el autoritarismo militarizado, el racismo y el ultranacionalismo se imponían a la tolerancia, la democracia civil, la mezcla de culturas y razas y el internacionalismo; probablemente, aunque por supuesto no de forma perfecta, lo que de facto suponía el Imperio Austro-húngaro.
 Sin embargo, la presencia del suicidio del protagonista cerrando estos relatos escritos veinte años antes de que el autor mismo lo cometiera desmiente esa presunta razón de la desesperación ante la situación política. Por tanto, no es descabellado afirmar que el suicidio siempre formó parte del planteamiento vital (valga la contradicción) del propio Zweig. 
 En todo caso, la calidad literaria del autor vienés supera ampliamente este aspecto menor (al menos en el ámbito narrativo). Stefan Zweig es, sin lugar a dudas, uno de los mejores escritores de la primera mitad del siglo XX, y estos relatos son una pequeña muestra para comprobarlo.

viernes, 16 de noviembre de 2018

"Mamá"


 Sólo tengo esta foto. Me apena, me avergüenza, me duele, pero al mismo tiempo me ilusiona. Es una foto en blanco y negro de una chica joven, no más de veinte años; su gesto serio, excesivamente formal da una solemnidad un tanto patética a la imagen. Es una foto de carné, con lo cual sólo se percibe el cuello de la tosca blusa blanca que lleva. No sé si su cara muestra más seriedad o más miedo, pero es la cara de alguien a quien el mundo le vino muy grande. Y no sé más. No sé su nombre, aunque lo necesito saber, por lo cual le doy el poco ocurrente nombre de Eva, la primera mujer. Sólo sé que esa chica tan seria, tan joven, aparentemente tan pobre tenía veinte años hace casi cincuenta… y que esa chica es mi verdadera madre.
 Esa chica, mi verdadera madre, dista mucho de aquélla a la que he llamado mamá desde la infancia. Lo supe recientemente: soy hijo adoptivo. La revelación, a mi edad, tan avanzada, supuso, como es entendible, un shock del que apenas me he repuesto. Sucedió de forma casi fortuita, contra la voluntad de mis padres… quiero decir, de mis padres adoptivos. Fue una gestión administrativa (un empadronamiento) lo que me llevó a conocer que los señores que me educaron, alimentaron y vistieron no son mis padres biológicos. Tras la revelación no pude menos que hacerles mil preguntas, preguntas que les extrañaron, les dolieron y esquivaron… desde entonces la relación quedó ya rota.
 Seguí indagando en registros civiles para ver si podía encontrar a mis verdaderos padres biológicos, y, aunque pueda parecer inverosímil, conseguí encontrar una persona, antigua amiga de mi familia (ahora familia adoptiva), que me habló de mi madre. Hay historias que por cercanas duelen más que otras, aunque no se llegara a conocer a las personas que las protagonizaron. Tirando del hilo, mejor, de la lengua de esta persona, pude conocer la historia. Lamentablemente no pudo recordar su nombre, pero con ayuda de una vecina suya de avanzada edad me contó que mi madre biológica era “la hija de Rosario”, una chica cándida con poca cabeza y muy crédula que “fue engañada por un vivales” que la abandonó sin haber cumplido los veinte años, sin oficio ni beneficio, embarazada de tres meses. Al parecer, sus padres, estrictos católicos (intuyo que no debían saber lo que esto significaba) la pusieron inmediatamente en la calle. Fue recogida por unas “caritativas” monjas que la mantuvieron hasta que dio a luz, dejando el niño, yo, en adopción. Según parece, mis padres entraron en contacto con esas monjas y se llevaron la criatura como quien se lleva una lechuga. De mi madre biológica poco más se supo: no quiso seguir con las monjas y su autoritarismo paternalista lleno de reproches y de sentimiento de culpabilidad y se echó a la calle. A partir de ahí todo fue cuesta abajo: prostitución para poder vivir, alcoholismo para sobrellevarlo… un día la encontraron muerta a los pies de un precipicio… probable suicidio.
 La amiga de aquella vecina tenía un contacto, o eso dijo, con alguna exmonja que había servido en aquel convento para “chicas descarriadas” en torno al año 70. Por su mediación se consiguió esta foto de carné en blanco y negro que ahora tengo en mis manos, no consiguió saber su nombre. No es más que una chica joven y asustada… pero ahora sé que es mi madre… la llamaré Eva.

martes, 13 de noviembre de 2018

"Pero ¿qué será de este muchacho?", por Heinrich Böll.


 Casi todo lo escrito por Böll está a medio camino entre la narrativa y el ensayo. Lo que leí con anterioridad es más narrativa, pero este breve texto es más ensayo. Como la contracubierta de la edición de Galaxia Gutenberg informa, es una reflexión sobre la llegada al poder del Partido Nacionalsocialista en Alemania, cuando el autor cuenta quince años. Recupera todos los pensamientos, sentimientos y observaciones de alguien joven pero ya plenamente consciente de la barbarie y sinrazón que había conquistado su país. No escatima adjetivos ni razonamientos.

Böll pertenece a la llamada “literatura de escombros”, por haber sido escrita en el país centroeuropeo tras la Segunda Guerra Mundial, en una situación de demolición física pero también moral de su sociedad. Con él hay otro premio Nobel, Günter Grass y Siegfried Lenz. Los tres (y algún autor menor más) destacan por su agria crítica a la entrega medio consciente medio inconsciente que sus compatriotas hicieron hacia los nazis y su salvajismo. Creo haberlo escrito en otra entrada que de los tres el más honesto me parece Böll. Grass negó hasta que le mostraron la evidencia que había llegado a militar en las juventudes hitlerianas. Hubiera sido un milagro que hubiera podido escapar a ello, salvo que hubiese emigrado, y tampoco era nada tan terrible, solo había que asumir la culpa de haber sido envenado y obligado por su sociedad a no salirse del rebaño luciendo una esvástica en su uniforme. Queda fuera de toda duda la denuncia y repulsión del nazismo por parte del autor de El tambor de hojalata, así que negar la evidencia fue un error absoluto. Por contraposición, Heinrich Böll siempre admitió haber formado parte de las dichosas juventudes hitlerianas, justificándose como antes dije por la falta total de libertad en su país en aquella época. Su sinceridad, a mi modo de ver, le honra.
  Al margen de posiciones personales o de formas de ser, la prosa de Böll, ya digo, más ensayo que narrativa, es una excelente vacuna contra toda forma de totalitarismo que lleve a la cosificación del ser humano, a creer en la superioridad, ya sea por razones racistas, economicistas o egocéntricas, de un hombre sobre otro. Desgraciadamente, esta vacuna sigue siendo de obligada administración cada poco tiempo, “el hombre es el único animal que tropieza dos veces en la misma piedra”. Böll escribe con naturalidad, sin ampulosidad, se lee con rapidez y normalidad, pero cala profundamente (para aquellos dotados de inteligencia emocional, claro). Una vez más queda la duda del valor del Premio Nobel, ya se sabe, o éste no lo merece o lo merecen miles más… En todo caso, el valor de Böll no está en su imaginación, en su creación de mundos y personajes ficticios, sino en su aspecto moral. Muchos creerán que al haber situado sus novelas tan definidas en el espacio y el tiempo es coyuntural, en absoluto, Böll no pone en solfa solo el nazismo, critica la recurrida tendencia humana a comportarse de forma animalesca al querer escalar socialmente, al considerar que una vida humana pueda ser más importante que otra.

domingo, 4 de noviembre de 2018

"Pirómides", una novela del Mundodisco, por Terry Pratchett.

 Séptima entrega de la genial creación de Terry Pratchett. La gran tortuga A'Tuin sigue surcando el Universo, con sus cuatro elefantes que soportan a su vez al mundo plano con forma de disco. Los habitantes de este mundo hipotético, verdaderas parodias de la humanidad, siguen sus aventuras sin sentido. Ahora le toca a Pirómides, alter ego evidente de los faraones de Egipto. En su tratamiento paródico, aquella civilización es tratada por Pratchett con toda la ironía de nuestra época: el padre de Pirómides, anterior faraón, es un tipo vulgar, cansado de todo, pero que sigue jugando su papel a ser un dios en la Tierra, más o menos como lo haría un mal prestidigitador cansado de su oficio y de tener que engañar un día sí y otro también al público... o, mejor aún, mostrar la dignidad de un dios cuando realiza malos trucos y sus fieles fingen creerlo y adorarlo...
 Para liarlo más, su hijo, conocido como Teppic, aunque llamado realmente Pteppic (pronúnciese como "patetic") ha buscado como oficio uno de los gremios profesionales más respetados en el Mundodisco: el de asesino. Sí, en el Mundodisco, los asesinos son controlados con dignos gremios que regulan la profesión, dan el certificado de aptitud a los mismos y se encargan de que un asesino, por ejemplo, mate como Dios manda y no de cualquier forma. Así es Pratchett, un tipo que da la vuelta a la realidad humana, con una sorna y una ironía que, francamente, no he encontrado con frecuencia. Todo es un afán por ridiculizar la estupidez humana, su soberbia, su vanidad, sus comportamientos animalescos revestidos de la dignidad de quienes se creen "hechos a la imagen y semejanza de un Dios". 
 Desde luego, si nuestros gobernantes y el grueso de la población humana leyeran a Terry Pratchett y se vieran reflejados en su estupidez para poder así conducirse en la vida con menos soberbia y con más normalidad, nos iría mucho mejor. ¡En fin, una pena que muchos crean que este tipo escribía para niños y jóvenes!

lunes, 29 de octubre de 2018

"Casa de muñecas", por Henrik Ibsen.

 Casa de muñecas es una de las obras teatrales por excelencia, representada infinidad de veces y de lectura obligatoria a partir de bachillerato. Es obra atemporal (más o menos) pero coyuntural en cuanto a la sociedad occidental que describe. Un español de hoy lo entiende perfectamente igual que un sueco de hace cien años o un italiano de hace cincuenta, pero dudo mucho que lo comprenda plenamente un tibetano, por ejemplo de cualquier época; así que podríamos relacionarla con la civilización occidental, signifique esto lo que signifique. Casa de muñecas es, evidentemente, una obra feminista, puesto que coloca a la mujer en un plano de total igualdad con el hombre cuando esto no era habitual (la obra se publicó en 1879). Esto último, su fecha de publicación, es lo más sorprendente, pues hoy, casi ciento cuarenta años después, el tema sigue estando de plena actualidad.
 La protagonista principal, Nora, es, aparentemente, una mujer adornada con todos los vicios que supuestamente tenían las señoras de su época: superficial, débil, insegura, caprichosa... una verdadera "muñeca" que poco más podía hacer que adornar el hogar de su señor. Su inicial falta de experiencia social la lleva a comportarse de forma ligera e infantil en asuntos económicos ante los cuales confía en la bonhomía del otro, cuando se ha dejado claro que el otro (el abogado Krogstad) es precisamente un timador sin escrúpulos. En los dos primeros actos, Nora se comporta como una perfecta estúpida, incapaz de comprender la realidad que la rodea, como un jarrón chino, cultivando imágenes periclitadas de mujer exclusivamente como madre y esposa. El otro personaje principal, su marido, Torvaldo Helmer, la trata como un objeto... pero eso sí, como un objeto precioso y querido. En su frenesí de proteccionismo paternalista la trata como a una disminuida psíquica, con nombres como "alondra", "ardillita", "testarudita" y más epítetos acabados en diminutivo. Y eso es, en mi opinión, lo más interesante: el tipo de machismo que describe, un machismo muy alejado (aparentemente) de la violencia física, del insulto o del menosprecio; antes al contrario, el machismo presente en Casa de muñecas es un machismo dulce, protector (en el mal sentido), que a fuerza de sobreproteger a la mujer la acaba haciendo una perfecta inútil incapaz de valerse por sí misma. No es casualidad que Nora incluya en el mismo grupo a su marido y a su padre, pues ambos han acabado tratándola igual. Este tipo de machismo paternalista no sale en las portadas de los diarios ni en los noticiarios puesto que no causa víctimas mortales, pero está muy ampliamente distribuido incluso hoy. 
 La actitud vital de Nora cambia de forma radical en el tercer y último acto. Aquí la protagonista despierta, descubre que ha sido tratada como una incapaz, que más que un marido ha tenido un poseedor, un propietario, se rebela contra su situación y comprende que sólo abandonando a su marido conseguirá encontrarse a sí misma y realizarse como persona adulta e independiente. La obra es, por tanto, si no atemporal, al menos de muy largo recorrido en el tiempo, pues hoy en día sigue funcionando (afortunadamente, cada vez menos) este machismo dulce y paternalista que acaba dejando en algo decorativo a la mujer. 
 Algo que no me ha gustado es lo brusco del cambio que experimenta la protagonista. Desde un punto de vista meramente formal da la impresión de que faltara un acto intermedio para que se desarrollara una evolución de Nora de forma gradual. Tal como está es demasiado explosivo, un poco apresurado. En todo caso, Casa de muñecas es una obra teatral ya totalmente clásica, imprescindible para todo aquel que quiera comprender la relación entre sexos, las convenciones subyugantes que han sufrido las mujeres y hombres a lo largo de los siglos y que han convertido a las primeras en meros objetos y a los segundos en meros coleccionistas. De nuevo, la literatura salva vidas... o, al menos, las hace mucho más inteligentes y válidas.

domingo, 28 de octubre de 2018

"Recuerdos durmientes", de Patrick Modiano.

 Otro más de Patrick Modiano... la misma sensación de deja vu... ¿esto lo he leído ya o era algo muy parecido? Con este tipo nunca se sabe... Todos sus novelas ambientadas en un París fantasmal, pobladas por gentes lánguidas que aparecen y desaparecen  y que, décadas después, se reencuentran como quien no quiere la cosa, apenas reconociéndose y callando oscuros secretos compartidos. Alguno diría que Modiano ha escrito la misma novela decenas de veces...
 Y, sin embargo, tiene algo de hechizante. Patrick Modiano no es un gran escritor, por mucho que la augusta organización que reparte los premios Nobel tenga otra opinión. Es demasiado repetitivo y vulgar para ser distinguido con un premio tan prestigioso... o lo contrario, que ya he repetido hasta la saciedad: si lo merece él, lo merecen cientos de escritores más... Yo, la verdad, no sabría decir que es lo que me atrae de él, quizás su actitud no moralista. En todas sus novelas los personajes son siempre gentes al límite de la marginalidad, algunos cayendo directamente en ella; sus vidas azarosas y de negro futuro son narradas con la asepsia de un forense, sin juicio moral alguno. Esto da una sensación de libertad que pocas veces se alcanza cuando el autor, omnisciente o no, deja claro su actitud ante su criatura, es un poco como jugar a ser Dios con tus propios personajes. Modiano está por encima de esa posición, como alguien que juega con un terrario de hormigas viendo cómo éstas se afanan en llevar vidas pequeñas y trágicas que pueden acabar en cualquier momento.
 El resultado, ya digo, es muy atractivo, pero no tanto como para concitar tanto halago.

martes, 23 de octubre de 2018

Fragmento de "Culto secreto", de Algernon Blackwood.

 Se había dado cuenta de que había escapado del vulgar y codicioso mundo del trabajo y los mercados y las ganancias, de que había entrado en un ambiente puro donde prevalecían los ideales espirituales y la vida era sencilla y devota.

                      Culto secreto. Algernon Blackwood.

martes, 16 de octubre de 2018

"John Silence. Investigador de lo oculto", por Algernon Blackwood.

 No había leído nada de Algernon Blackwood hasta la última recopilación de relatos de terror, me gustaron los dos que incluía el volumen y me compré este otro de Valdemar:
 En realidad es muy diferente de lo que leí en aquel tomo, pues aquí más que terror, el tema principal es el espiritismo. El tal John Silence es una suerte de médium que va deshaciendo todo tipo de entuertos que los espíritus mal acomodados a su nueva existencia van creando. No es un tema que me guste mucho, la verdad; sé que fue recurrente en los escritores anglosajones de finales del XIX y principios del XX, como es el caso. De cualquier modo, la cuidada prosa entronca con la llamada "literatura victoriana" que es, con mucho, lo que más he leído en los últimos años.
 La semejanza de Blackwood con Lord Dunsanny y Arthur Machen es evidente; son historias bien pergeñadas en cuanto a su calidad técnica que no pretenden (o al menos no lo consiguen) aterrorizar al lector, sino crear un estado de asombro e interés morboso.

jueves, 11 de octubre de 2018

"Books are...", by Grant Snider (incidentalcomics.com)

Imagen tomada del sitio www.incidentalcomics.com

"Proverbios morales", de Sem Tob.

 La literatura del siglo XX y lo que llevamos de XXI está preñada de historias sobre las vidas, costumbres y culturas de una parte de Europa que fue cercenada de forma brutal en la Segunda Guerra Mundial (aunque ya empezó a ser hostigada muchas décadas antes). Me refiero, claro está, a la población judía asquenazí, estimada en varios millones de almas y que fue eliminada a golpe de Zyklon B cuando no de balas, tortura o emaciación extrema. Así, escritores extraordinarios como Joseph Roth, Isaac Bashevis Singer, Primo Levi, Stefan Zweig, Imre Kertesz Elie Wiesel y tantísimos otros quedaron marcados de por vida por la barbarie que vivieron en sus juventudes. Hoy somos (yo al menos así me considero) sus deudores, y hemos de aprender de aquel terrible periodo no por afán de morbo sino para vacunarnos contra la violencia del hombre contra el hombre. Esto ocurrió, bien lo sabemos, en Europa central y del Este, principalmente en lo que hoy es Polonia, Alemania, Ucrania, Bielorrusia, Lituania o Rusia, pero también en mayor o menor medida en el resto de Europa central. Puede parecernos lejano en lo geográfico (comprobándolo en un mapa no lo es tanto, menos en nuestro mundo globalizado) o en lo cultural; tal vez por ello esos autores que he nombrado no han dejado tanta huella en nuestro país. Porque, aparentemente, en todos los pueblos hay una tendencia a la amnesia preocupante. Hace cinco o seis siglos, el holocausto se daba en nuestro país, en nuestras ciudades, en nuestra lengua. Estoy hablando, claro, de la expulsión (previos pogromos) de los judíos sefarditas. Para no olvidar la historia valga este tipo, apodado "de Carrión", a unas pocas decenas de quilómetros de donde estoy escribiendo.
 Desgraciadamente, los españoles nunca supimos lo que de verdad importa y qué hace grande a un pueblo (algunos siguen pensando que es que la selección de fútbol gane títulos), por ello autores que son estudiados con veneración en otros países, Maimónides, Ibn Gabirol o Judah Haleví entre otros, son absolutamente ignorados en el nuestro. Uno de estos es Sem Tob de Carrión (1290-1360), cuya obra más conocida son los Proverbios morales.
 Los Proverbios morales son, en realidad, un elegante recordatorio al rey para que pague su deuda. El bueno de Sem Tob (valga la redundancia) pasaba por ser un erudito tanto en su comunidad como en el país en general (en aquella época, Castilla), de modo que la forma de hacerse de valer no era otra que escribir un conjunto de consejos de vida al rey y a aquéllos que supieran leer recordando un conjunto de principios morales de origen judeocristiano y natural. Así, este texto es encantador por su simpleza, por su naturalidad y franqueza; pero, eso sí, empieza y acaba recordándole al rey que tiene una deuda contraída con el poeta y que debe pagarla lo antes posible.
 Los lingüistas incluyen esta obra en el conocido Mester de clerecía, aquella literatura medieval desarrollada, no tanto por clérigos, como por hombres cultos, para diferenciarlo del Mester de juglaría que, supuestamente, fue creado por gentes con menor instrucción (aquí ya parece que empezaba la famosa "titulitis" de los españoles).
  Es un texto entrañable por lo humano que resulta. El castellano medieval es fácilmente entendible salvo alguna expresión perfectamente traducida y razonada por Paloma Díaz-Mas y Carlos Mota en la edición de Cátedra. Pongo algunos ejemplos:

Si omre dulce fuere,  com agua lo bebrán,
e si agro sopiere todos lo escopirán.

oy bravo e cras manso; oy simple, cras loçano
oy largo, cras escaso;  oy otero, cras llano;

Con todos non convién  usar por un igual,
mas a unos con bien  e a otros con mal.

El que quisier folgar  ha de lazrar primero;
si quier a paz legar,  sea antes guerrero.