Sólo tengo esta foto. Me apena, me avergüenza, me duele,
pero al mismo tiempo me ilusiona. Es una foto en blanco y negro de una chica
joven, no más de veinte años; su gesto serio, excesivamente formal da una
solemnidad un tanto patética a la imagen. Es una foto de carné, con lo cual
sólo se percibe el cuello de la tosca blusa blanca que lleva. No sé si su cara
muestra más seriedad o más miedo, pero es la cara de alguien a quien el mundo
le vino muy grande. Y no sé más. No sé su nombre, aunque lo necesito saber, por
lo cual le doy el poco ocurrente nombre de Eva, la primera mujer. Sólo sé que
esa chica tan seria, tan joven, aparentemente tan pobre tenía veinte años hace
casi cincuenta… y que esa chica es mi verdadera madre.
Esa chica, mi verdadera madre, dista mucho de aquélla a la
que he llamado mamá desde la infancia. Lo supe recientemente: soy hijo
adoptivo. La revelación, a mi edad, tan avanzada, supuso, como es entendible,
un shock del que apenas me he repuesto. Sucedió de forma casi fortuita, contra
la voluntad de mis padres… quiero decir, de mis padres adoptivos. Fue una
gestión administrativa (un empadronamiento) lo que me llevó a conocer que los
señores que me educaron, alimentaron y vistieron no son mis padres biológicos.
Tras la revelación no pude menos que hacerles mil preguntas, preguntas que les
extrañaron, les dolieron y esquivaron… desde entonces la relación quedó ya
rota.
Seguí indagando en registros civiles para ver si podía
encontrar a mis verdaderos padres biológicos, y, aunque pueda parecer
inverosímil, conseguí encontrar una persona, antigua amiga de mi familia (ahora
familia adoptiva), que me habló de mi madre. Hay historias que por cercanas
duelen más que otras, aunque no se llegara a conocer a las personas que las
protagonizaron. Tirando del hilo, mejor, de la lengua de esta persona, pude
conocer la historia. Lamentablemente no pudo recordar su nombre, pero con ayuda
de una vecina suya de avanzada edad me contó que mi madre biológica era “la
hija de Rosario”, una chica cándida con poca cabeza y muy crédula que “fue
engañada por un vivales” que la abandonó sin haber cumplido los veinte años,
sin oficio ni beneficio, embarazada de tres meses. Al parecer, sus padres,
estrictos católicos (intuyo que no debían saber lo que esto significaba) la
pusieron inmediatamente en la calle. Fue recogida por unas “caritativas” monjas
que la mantuvieron hasta que dio a luz, dejando el niño, yo, en adopción. Según
parece, mis padres entraron en contacto con esas monjas y se llevaron la
criatura como quien se lleva una lechuga. De mi madre biológica poco más se
supo: no quiso seguir con las monjas y su autoritarismo paternalista lleno de
reproches y de sentimiento de culpabilidad y se echó a la calle. A partir de
ahí todo fue cuesta abajo: prostitución para poder vivir, alcoholismo para
sobrellevarlo… un día la encontraron muerta a los pies de un precipicio…
probable suicidio.
La amiga de aquella vecina tenía un contacto, o eso dijo,
con alguna exmonja que había servido en aquel convento para “chicas
descarriadas” en torno al año 70. Por su mediación se consiguió esta foto de
carné en blanco y negro que ahora tengo en mis manos, no consiguió saber su
nombre. No es más que una chica joven y asustada… pero ahora sé que es mi
madre… la llamaré Eva.
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