lunes, 17 de agosto de 2015

Ahora leyendo: "El fantasma de la Ópera", por Gaston Leroux.

 Es difícil no enamorarse de protagonistas tan "villanescos" como el fantasma de la ópera. Aun siendo verdaderos canallas, es obvio que son, antes que nada, víctimas de la sociedad, en algunos casos de la primera sociedad humana: la famiia. En el caso de Erik, nuestro fantasma, fue la fealdad extrema la que lo llevó a ser repudiado por todos, incluidos sus propios padres; siendo, por otro lado, una criatura altamente necesitada de amor y cariño. ¿Consecuencia? La burla, el repudio, la mofa y el odio convierten a Erik en un monstruo; lo convierte su socieda y se convierte él mismo, refugiándose en una vida clandestina.
  Es fácil encontrar las semejanzas con Quasimodo, el jorobado protagonista de Nuestra Señora de París, de Víctor Hugo. Los finales de las novelas, en ambos casos, son trágicos, como corresponden a vidas tan extremas, muy alejadas de las edulcoradas (y adulteradas) adaptaciones cinematográficas perpetradas por el imperio Disney.
  La forma de narrar de Leroux es la del típico escritor romántico: descripciones muy cuidadas, gusto por lo exótico, tremendismo argumental, amores trágicos e imposibles... un dignísimo representante francçes de un estilo literario que fue ampliamente dominado por escritores anglosajones.

"Gorazde, zona segura", por Joe Sacco.

 Joe Sacco, un historietista americano de origen maltés (casi como Corto Maltés) es una referencia actual en el cómic para adultos. Parece que el tipo se haya especializado en conflictos bélicos y sociales (temas que son un verdadero filón para la novela gráfica). Este es Gorazde, zona segura.
  El propio título ya parece una ironía, pero es que fue la propia ONU la que dio el pomposo y ridículo nombre de "zona segura" a una pequeña ciudad bosnia que fue uno de los lugares más inseguros del planeta en los años noventa. Gorazde sufrió, junto con Sarajevo y Srebenica, uno de los asedios y bombardeos más brutales en la Guerra de Bosnia, desde abril de 1992 hasta diciembre de 1995. 
 Sacco tiene una técnica realista como dibujante, en algunas aspectos (sobre todo cuando se dibuja a sí mismo) recuerda a Robert Crumb, pero, en cualquier caso, los paisajes son bastante precisos mientras las figuras humanas están un tanto caricaturizaas.
   Joe Sacco narra sus experiencias como reportero en aquella atormentada ciudad, sus relaciones con los locales (sobre todo intérpretes) y sus alucinadas reaccionadas hacia las bombas y las matanzas. El autor trata de no involucrarse, al menos no da juicio de valor alguno, pero como solo da la versión bosnia, nunca la serbia, cualquiera diría que su versión es sesgada. No es este, en cualquier caso, un libro de historia, tan solo trata de narrar las vivencias del autor.

Ahora leyendo: "El señor de las moscas", por William Golding.

 Hay novelas que tienen casi tantas interpretaciones como lectores, esas son las buenas. Al menos son aquellas que no son demasiado explícitas, dejan que el lector colabore, interpreten analice en función de su carácter y del enfoque que quiera dar. Como siempre, sin embargo, muchos tratarán de imponer su versión como la "correcta" o la más apropiada. ¡Huyamos de tales totalitarios! Ahora recuerdo que en mi adolescencia, por imperativo escolar, leí Juan Salvador Gaviota, de Richard Bach. Siendo el centro escolar en el que me "formé" rabiosamente confesional, dieron una única posible interpretación sesgada: la búsqueda de Dios. Es posible tal interpretación, pero no la más apropiada y, desde luego, no la única posible.
  Con El señor de las moscas ocurre lo mismo: se puede dar una interpretación en la que la experiencia de esos chicos abandonados en una isla desierta es una reflexión sobre la totalidad de la especie humana; pero también como una aguda crítica social de la clasista y belicista educación que recibían los chicos a mitad del siglo XX. Yo prefiero hacer una mezcla de las dos. Es probable que haya un rasgo de coyunturalidad bien marcado (aunque en ningún momento se habla de años ni de localización geográfica exacta), pero yo prefiero ver la alegoría de esa sociedad humana (en sentido atemporal) que tantísimo tiene que ver con las sociedades de animales primitivos como los insectos. La necesidad aparente de liderazgo, sin la cual parece que todo hombre está perdido; el sectarismo que nos obliga a distinguir entre buenos y malos, los míos y los otros; y la violencia como única forma de "solucionar" son, en mi opinión, las ideas centrales de este excelente relato.
  Otro tema menor pero siempre de actualidad es el recurso del miedo en la sociedad para que los subordinados acepten todo lo que salga del líder. En El señor de las moscas es el miedo a "la bestia" lo que justifica cualquier barbaridad, hasta el asesinato. En nuestras sociedades adultas es el miedo a lo desconocido, al otro, al inmigrante... lo que han justificado y justificarán guerras, regímenes totalitarios y recorte de libertades. Parece que los atemorizados ciudadanos acabasen diciendo: "toma, toma todo el poder pero asegúrame la existencia"; y eso, precisamente el poder es lo que busca el líder.
 Las alegorías con niños son muy resultonas pues es fácil identificarse con ellos, observar como son como nosotros y su comportamiento belicoso y salvaje es, en realidad, el que estamos hartos de ver, en el caso de que tengamos suerte, como poco en los diarios.

domingo, 9 de agosto de 2015

Otro inciso cinematográfico: "Kongen av Bastøy" ("La isla de los olvidados"), dirigida por Marius Holst.

 Esta película no tiene absolutamente nada que ver con la anteriormente descrita. Pero nada, nada. Y eso es lo bueno del cine (y la literatura) que abarca todas las experiencias humanas, tanto individuales como sociales, tanto físicas como espirituales. Es por ello por lo que muchos hemos cedido buena parte de nuestra vida para la contemplación arrobada (me parece cursi decir estudio) de películas, novelas o poemas (en mi caso, orden invertido).
 Kongen av Bastøy es una película realista, extremadamente dura, basada en la ruda vida de los chicos internados en una suerte de reformatorio en la isla de Bastøy, a pocas millas de la costa noruega. La acción, ambientada a principios del siglo XX, nos muestra la distintas reacciones naturales de chicos de entre diez y quince años ante la bárbara jerarquización y autoritarismo de aquella prisión: unos tratan de dejar pasar el tiempo y no destacar por nada; otros se deprimen y acaban suicidándose; algunos buscan el conflicto y el liderazgo... Los adultos allí presentes son los celadores y gestores del reformatorio, cuando menos brutales por su indiferencia ante el sufrimiento de los chicos, cuando no pederastas o auténticos psicópatas.
 La excelente fotografía es uno de los grandes hitos de esta película: unos paisajes apabullantemente hermosos, pero también insensibles al sufrimiento humano. Tonos grises azulados (como el del cartel publicitario) que refuerzan esa idea de abandono de los chicos, de falta de afecto se enseñorean de principio a fin de la película. El elenco actoral es destacable, teniendo en cuenta la juventud de sus protagonistas; solo destaca el actor escandinavo por excelencia (sueco, para más señas) que no puede faltar en ningún film salido de aquellos lares que tenga vocación de distribución internacional: Stellan Skarsgård, además del villano principal, el pedófilo, interpretado por Kristoffer Joner.
  El ritmo de la película es lento, como el que se intenta imponer en las complicadas vidas de los jóvenes, una lentitud de máquina burocrática gigantesca que va destruyendo sistemáticamente las existencias de los internos. 
 Frente a la violencia del sistema solo cabe una respuesta final: la violencia física contra todo y contra todos, era de esperar. En eso, el argumento podría ser tristemente profético a la vez que recordatorio del pasado; la violencia física (una revolución en realidad) es forzada por el propio sistema que, de forma autista, es incapaz de autoprotegerse creando una sociedad más justa (aunque sea dentro de una prisión). Es profético porque en el conjunto de la humanidad, de sus miles de millones de individuos, el reparto injusto de las riquezas, el autoritarismo y la jerarquización extrema llevan siempre, siglo tras siglo, a sangrientas revoluciones que, en vez de arreglar nada, invierten el orden social en el que se encontraban los individuos.
  Una excelente película, pues. Para recapacitar sobre la sociedad en la que queremos criar a nuestros hijos: una sociedad igualitaria y tolerante, o, como parece que estamos haciendo, otra injusta y autoritaria.

sábado, 8 de agosto de 2015

Inciso cinematográfico: "Nailbiter" (2013), dirigida por Patrick Rea.

 A decir verdad, Nailbiter (que podría ser traducida al español como "los que muerden con clavos") es la típica película de terror americana que parece orientada hacia un público adolescente (de hecho, los protagonistas principales tienen esa edad), y es previsible y un tanto regular, sin embargo, he de reconocer que estas cintas de calidad baja me atraen.
  Como avisa ese cartel publicitario, la acción transcurre en la Kansas rural en plena temporada de tornados. Una familia compuesta por la madre y tres hijas va en coche al aeropuerto de Kansas City a recoger al padre, militar, que vuelve del extranjero. En el camino se ven obligadas a detener el coche y buscar refugio ante la amenaza meteorológica, y ¿dónde lo buscan? Exáctamente, en el sótano de una casa vacía. ¡Cuántas películas de terror americanas se han ambientado en los polvorientos sótanos semiabandonados de zonas rurales!
  Todo parece ir bien hasta que algo las encierra en dicho sótano, algo que muerde a una de las hijas dejando una huella inverosímil como si en lugar de dientes tuviera clavos. Bien, el desenlace también es previsible: las chicas van cayendo una tras otra a manos (más bien, a bocas) de unas extrañas criaturas antropomorfas de gran agresividad y temible aspecto. Finalmente se explica que en aquella zona rural de Kansas hay anomalías en aquellos niños gestados en época de tornados, dejándolos en un estado entre un zombi y un animal salvaje; es, en realidad, un secreto a voces que todos tratan de ocultar al estar implicados, el sheriff  local y su equipo incluidos.
 Ya digo, es una película previsible, llena de lugares comunes y sobreexplotados que no aporta casi nada nuevo al cine de terror, no obstante, algo me atrae a estas cintas un tanto cutres y perfectamente olvidables.

viernes, 7 de agosto de 2015

Ahora leyendo: "Novela de ajedrez", por Stefan Zweig.

 La última obra de Zweig. Después, probablemente desesperado ante el hasta entonces imparable avance nazi en Europa y norte de África, se quitó la vida junto con su mujer en Petrópolis -Brasil- donde se habían refugiado de la barbarie nacionalsocialista.
  El ajedrez -y el ajedrecista que es inicialmente presentado- es una mera excusa para presentar a otro personaje que no llega a ser nombrado y que relata el trato degradante que sufre por los nazis, en buena medida podría ser un alter ego de Zweig. 
 En realidad, las barrabasadas que cuenta ese personaje son menores comparadas con el exterminio en masa previa tortura de millones de individuos en los campos de concentración, se limitaban a tortura psicológica en la habitación de un hotel de lujo, peccata minuta verdaderamente. Sin embargo, Zweig acerca "el ascua a su sardina" sacando a la luz otra maldad de los nazis: el odio al antiguo régimen del Imperio Austrohúngaro, al cual, probablemente, considerarían un régimen degenerado (ellos, que demostraron ser los más degenerados de la Historia).
    Tanto Zweig como Joseph Roth fueron unos burgueses amantes de la tradición social en tanto en cuanto dicha tradición les aseguraban vidas cómodas y seguras, eran, por tanto, conservadores típicos. En Novela de ajedrez Zweig apunta como motivo del odio de los nazis algo que no siempre se ha tenido en cuenta: el resentimiento. Los nazis se sentían víctimas de casi todos: de los judíos que les robaban el dinero, de los burgueses blandos que no luchaban lo suficiente, de franceses y británicos que empobrecían su país, de los comunistas internacionalistas que no eran suficientemente patriotas... Es muy improbable que hubiese surgido el movimiento nacionalsocialista sin la derrota en la Gran Guerra, las humillantes condiciones impuestas por los vencedores y la demoledora crisis económica que sufrió Alemania en los años 20 con una hiperinflación que empobrecía a los ciudadanos a ojos vista. Sí, con todo ese resentimiento reaccionaron de forma virulenta y brutal engendrando ese monstruo ominoso que conocemos como el Tercer Reich. Zweig lo narra de forma sencilla y clara en una novela breve (o relato realmente, su forma favorita) que tiene un punto más moderno que las anteriores, más centradas en la pérdida que supuso para él la desaparición del viejo Imperio.

Dickens.

 ¿Y cómo acaba La tienda de antigüedades? Pues como es natural en Charles Dickens: con emociones a raudales (y un pelín de sensiblería). En verdad, una vez que se ha leído varias novelas suyas, es un poco previsible, lo cual, obviamente, no resta un ápice de calidad literaria a la novela. Yo creo que leer a Dickens es más un ejercicio de memoria estilística que de lectura de historias que nos emocionen, al menos eso me ocurre a mí. Su prosa es redonda, muy adjetivada, muy lenta, pero no resulta cansada de leer, es, creo que ya lo dije anteriormente, como volver a leer una suerte de "catecismo literario" conocido de memoria desde la primera juventud.
  En los temas, ¡Ay, mi querido Carlos! Es mucho más sencillo... comercialmente sencillo. Dickens fue un escritor profesional, ¡vaya tonterías que escribo! ¡Pues no tanto, había, en su época, muchos que escribían por puro adorno intelectual! La "petarda" de George Eliot, por ejemplo, no ganó una simple libra esterlina con sus soporíferas novelas de alta sociedad. Nuestro amigo Carlos, por el contrario, se propuso vivir de lo que escribía. Esto conllevaba someterse (entonces y ahora, claro) a la dictadura de lo comercial, que en su época implicaba publicar en semanarios que la clase media alta británica leía más por pose social que por verdadero afán de conocimientos (en tiempo de mis abuelos se hacía burla de las indolentes señoronas y sus insulsas vidas hueras parodiando sus ajetreados días: "que liada estoy, tengo que peinar al gato, leer el Blanco y negro..."). Pues en el homólogo inglés de ese suplemento otrora del diario ABC, el Blanco y negro (vamos a llamarle el Black and White), publicaba Dickens. No se me ocurre peor servidumbre para la creatividad que trocear en capítulos de concreta longitud cualquier obra literaria que, como todos saben, exige su propia estructura; pero además, "para más INRI" como hubiera dicho un castizo de hace un par de generaciones, se veía obligado a realzar los últimos párrafos de ese capítulo, aumentar el suspense, vaya. Si el bueno de don Carlos cobraba no por obra completa sino por capítulo publicado, cabe suponer que (¡Ah, enorme afrenta de la naturaleza!) el autor quisiera comer y pagar un alquiler todas las semanas, con lo cual tenía que alargar indefinidamente (y en algunos casos, artificialmente) la novela con fines meramente pecuniarios, ¿disminuía algo en eso la calidad de la misma? En mi opinión, rotundamente, sí.
 En La tienda de antigüedades no es tan palpable, pero en la obra más reconocida de Dickens, Oliver Twist, sí que es patente que sobran muchos capítulos, ¡que hay mucha morralla, vamos! Sé que afirmar esto parece pretencioso por mi parte, toda vez que Dickens está en lo más alto del parnaso literario, pero sigo opinando que muchos de aquellos que defienden a capa y espada a un autor son los que no han leído una sola página suya, y que, por contra, la única forma de admirar a un literato es leer de forma crítica su obra.

viernes, 24 de julio de 2015

Ahora leyendo: "La tienda de antigüedades", por Charles Dickens.

 No sé que más contar de Dickens y sus novelas que no haya dicho antes. La verdad es que tienen puntos comunes tan evidentes que sabría que estoy leyendo a Dickens aunque me dieran una hoja suelta de algo suyo que no hubiera leído previamente.
  De La tienda de antigüedades diré que mantiene la misma estructura dickensiana que fue impuesta por la situación económica y social de mediados de siglo XIX en Inglaterra, es decir que lo publicó por entregas en publicaciones semanales. Esto no es un hecho baladí, pues la forma de estructurar cambia forzosamente: principalmente porque todo está dividido por capítulos de la misma duración y todos ellos, ¡oh glorioso misterio! acaban de forma interesante con un pequeño giro argumental. En realidad se puede decir que el bueno de "Carlitos" era un obrero de la novela, un artesano más bien; conocía las artimañas más complejas para engatusar a sus lectores que uno imagina como orondas señoras de la buena sociedad victoriana que quieren deleitarse con las terribles vidas que otros pobres llevan y que tanto contrasta con sus anodinas y rutinarias existencias.
 Porque, al margen de estructuras, La tienda de antigüedades también participa de los elementos comunes a sus novelas: protagonista paupérrimo pero de inmenso corazón que triunfa finalmente pasándolas canutas a lo largo y ancho de más de mil páginas de "prosa victoriana"; villanos canallescos que provocan repulsión en todos los sentidos, físico incluido; paisajes degradados de los vómitos industriales de las grandes ciudades que contrastan con los bucólicos campos ingleses anclados en épocas anteriores a la Revolución Industrial...
  En este caso, la "prota" buena, pero buena buena hasta ser medio boba es Nell Trent, una ingenua huérfana que vive con su abuelo en la tienda de antigüedades que regenta. El malo malísimo es Quilt, un usurero (personaje típico de Dickens) que por ser es hasta enano el pobre hombre, y que lleva a la ruina al sacrificado abuelete que acaba perdiendo el juicio. ¿Consecuencias? Una niña de catorce años más tonta que comer pan con pan y un abuelo enajenado que se lanzan a mendigar por esos pueblos y ciudades de nuestra querida Reina Victoria (reina, a la sazón, del Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda y emperatriz de la India), ¡la tía Vicky, vaya! Obviamente las vicisitudes de la chica y su abuelito son de órdago, pero todo lo superan con unas sonrisas cariadas y un concierto a dúo de tripas hambrientas. Ese es, grosso modo, el argumento de la novela, otro apabullante ejercicio de capacidad creativa de Dickens, porque, al ser mendigos ambulantes, recorren decenas de localidades situadas en esa región que los ingleses llaman Midlands y que el autor describe minuciosamente, localidades que no están tan lejos de donde un servidor arrastró los pies hace ya varios lustros.

miércoles, 22 de julio de 2015

Ahora leyendo: "La rebelión", por Joseph Roth.

 Es prácticamente imposible que Joseph Roth conociera la obra de Kafka, en primer lugar porque fueron coetáneos y Kafka publicó muy poco en vida; en segundo lugar porque un universo entero separaba las vidas del checo y el austriaco. Y, sin embargo, La rebelión es una novela típicamente kafkiana. Es kafkiana porque el personaje, Andreas Pum, es un pobre diablo que, sacrificando todo por su patria, por la ley y el orden acaba, por un absurdo incidente callejero, en la cárcel, donde todo se desmorona, donde se demuestra bien a las claras la injusticia de la sociedad humana, la más perversa de todas las sociedades animales.
  La farsa del juicio por el que es condenado Andreas Pum, es Kafka puro; las alucinaciones que sufre en prisión parecen sacadas de El proceso; las absurdas y babosas ambiciones por ser un ciudadano ejemplar cuando la sociedad biempensante lo relega son las mismas que las de Gregorio Samsa tenía metamorfoseado en escarabajo. 
 Joseph Roth pinta en este relato todas y cada una de las angustias existenciales del hombre moderno: incomprensión de la sociedad, alienación, brutalidad de un poder autista y totalitario, falsedad del amor y la amistad... todo ello aderezado por un estúpido sentido del deber en Andreas Pum. La rebelión condensa todas las desilusiones que un ser humano puede alcanzar a los cuarenta y cinco años de vida (cuando muere Andreas y también Roth); es, en verdad, una auténtica guía de comportamiento para entender toda la mierda que cualquier espíritu sensible e inteligente sentirá con el  devenir vital: desilusión tras desilusión. Todo falla; los padres se muestran como unos seres mezquinos y traumados, los amigos son falsos, el amor interesado, la patria una madrastra... así hasta acabar con Dios, que no soluciona nada, en su terrible autismo, Andreas le acaba espetando: "¡qué impotente es tu omnipotencia!"
   No acabo de sorprenderme de cuán desconocido es Joseph Roth para la gran mayoría de los lectores. Es, sin duda, uno de los grandes escritores del siglo XX, alguien con una capacidad de síntesis y comprensión de la miseria humana que deja al nivel del betún a viejas glorias que no son más que meros beneficiarios de estrategias de marketing editorial. ¿Cuánto tiempo ha de pasar para que todos lo reconozcan? ¿O es que Roth es demasiado claro para que la mezquina sociedad humana lo destaque?