domingo, 17 de marzo de 2024

"A todo vapor. Una historia del Mundodisco", de Terry Pratchett.

  Cuadragésima (y penúltima) entrega de la Saga del Mundodisco, esa descacharrante serie de novelas en las que se parodia la sociedad humana con sus vanidades, soberbias y estupideces. Un irónico cuadro formado por trasgos, troles, gólems, enanos y humanos que, en realidad, son tan parecidos a nosotros que la burla no cae sino sobre nosotros mismos. Ése es el gran éxito de Pratchett: haber construido con exquisitez un mundo paralelo para así caricaturizar al ridículo "mono con pantalones" que se cree centro del mundo.
 Y sí, el planeta con forma de disco sigue descansando sobre cuatro gigantescos elefantes que, a su vez, se sitúan sobre la concha de la tortuga cósmica Gran A'Tuin, que libremente navega por el espacio. A todo vapor tiene como personaje central (esto no es correcto del todo, pues las novelas de Pratchett son de tipo coral) a Húmedo von Mustachen y el desarrollo e implantación del ferrocarril en la ciudad de Ankh-Morpork, pero sobre todo tiene que ver con el progreso y sus dificultades para imponerse.
 Porque igual que las personajes de Pratchett son todas criaturas de ficción cuando en realidad parodia a los humanos, los argumentos y los temas no están totalmente relacionados. Quiero decir con esto que  los argumentos son sencillos, casi juveniles, pero los temas son plenamente adultos. Por eso Pratchett tiene dos tipos de lecturas, una más superficial, que podrán comprender lectores muy jóvenes, los cuales no sabrán o podrán darle una aplicación práctica a la sociedad que los rodea; y otra más profunda, para lectores más avezados y/o de mayor edad, los cuales verán una referencia evidente a la sociedad que nos rodea. El tema principal de A todo vapor es el progreso social, político y económico y los distintos posicionamientos frente a él. Algunos que, generalmente por inseguridad ante los cambios, lo rechazan de plano tratando de parapetarse en la tradición como si fuera una trinchera; otros que ven en el avance social una oportunidad para lucrarse o conseguir más poder a costa de los derechos de la gran masa; otros que creen honradamente en los beneficios que esos cambios pueden traer; y otros que son indiferentes ante cualquier adelanto que pueda producirse. Sin duda todos conocemos individuos y grupos sociales que han estado en una de esas posturas y que supone un freno o un empuje para la imposición del progreso.
 El argumento, plus minusve, es el siguiente: un ingeniero sin titulación (aquí Pratchett también parodia la "titulitis" social, que hace que, finalmente, los más útiles no estén en posesión de títulos, mientras que los titulados son meros figurines) desarrolla una máquina que se mueve sobre raíles aprovechando la capacidad de expansión del vapor de agua, es decir, inventa un ferrocarril de vapor. Ese inventor es rápidamente captado por Harry Rey, prototipo de inversor y cazatalentos, que tiene como gran virtud un gran olfato para ganar dinero. El tal Rey presenta el invento al patricio de la ciudad, Lord Vetinari, que también entiende el enorme futuro que esa invención un tanto estrafalaria va a generar a su ciudad. Vetinari encargará a un antiguo estafador reconvertido a "facilitador" contra viendo y marea, Húmedo von Mustachen, para que convenza a todos (terratenientes que habrán de vender sus tierras para que pase la línea férrea, comerciantes e industriales que han de transportar sus productos por tren, y ciudadanos en general) de la bondad del nuevo medio de transporte. Y ahí es donde se encontrará con enormes dificultades, algunas incluso de verdaderos fanáticos del pasado y el inmovilismo que no dudarán en atentar contra el ferrocarril y sus desarrolladores para frenar el progreso.
 Es curioso, pero al leer esta novela me ha acuciado la sensación de estar leyendo una versión más conservadora de Terry Pratchett, en el sentido de que, en otras novelas, Pratchett no deja títere con cabeza, no tomando partido claro por ningún bando; sin embargo, en A todo vapor el autor se burla inmisericordemente de aquellos que tratan de frenar la instauración del ferrocarril e incluso de los que son indiferentes a la misma. Parece que Pratchett abogara indirectamente por estos avances sociales, lo cual es perfectamente comprensible, pero otras veces no es tan claro. Quizá no lo esté explicando bien cuando digo que es más conservador por promover el progreso, pero quiero decir conservador en el sentido de no destripar las ansias del ser humano, sean éstas las que sean. Hablando de progreso, por ejemplo, hay una entrevista disponible en YouTube en la que al inglés, preguntado por la audiencia la gran pregunta de "si cree en Dios", él se sale por la tangente diciendo que, en realidad, lo que cree es en las farolas, unas estructuras que existen tan sólo en un único planeta del Universo y que las ha desarrollado un "mono con pantalones". Ese era el nivel habitual de Terry Pratchett, un tipo que se reía de todo, pero especialmente de aquello que hacía ufanarse al hombre; por ello, que en esta novela defienda indirectamente el progreso me resulta de un conservadurismo impropio de ese gran iconoclasta que fue Pratchett.

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