miércoles, 17 de octubre de 2012

El último de los "hermosos vencidos", Primo Levi


La mayor paradoja de entre los escritores-suicidas: Un auténtico superviviente de la barbarie humana, tras superar Auschwitz; reintegrarse a la vida “normal”, a su trabajo de químico y como esposo y padre de dos hijos; se quitaría la vida a los 68 años de edad.
Primo Levi pertenecía a una familia de clase media de Turín, judío de origen pero no practicante (ni sus padres), estudió química en su ciudad natal. Al acabar la carrera, se unió a un grupo de partisanos, más por luchar contra el fascismo totalitario que por la discriminación que habría de sufrir por ser judío; sin llegar a disparar una bala fueron todos detenidos, los no judíos fueron fusilados allí mismo y él fue entregado a la autoridad alemana. En Auschwitz conoció el horror del que es capaz el ser humano y, sin embargo, merced a su fuerza de voluntad, ilusión juvenil y capacidad de lucha, sobrevivió; regresó a Turín tras una odisea por media Europa, y recomenzó su vida.
La gran capacidad intelectual y moral de Levi, le permitió reiniciar su vida de forma gozosa, en el plano personal, familiar, laboral... sin olvidar su pasado; en efecto, dedicó buena parte de su tiempo libre a acudir a charlas, conferencias, simposios... donde su valiente testimonio servía para abominar de cualquier clase de violencia que el ser humano pueda ejercer sobre su prójimo, más, si cabe, cuando esa violencia se ejerce de forma masiva sobre seis millones de almas. Dejó por escrito sus experiencias en el campo de concentración para que las generaciones venideras pudiéramos conocer el horror en piel ajena, vacunarnos sin necesidad de pasar la terrible “enfermedad”. Ya solo por esto, Primo Levi se habría convertido en un fenómeno del género humano, pero aquí no acaba todo: con una vida plena en todas sus facetas, consiguió emplear su superior intelecto para la creación literaria: escribió decenas de cuentos y relatos, que sin duda son los mejor escritos en la lengua de Dante, son cuentos que tienen una capacidad imaginativa y creativa que quizás solo haya sido alcanzada por Cortázar o Borges. Ese el hombre, un verdadero prodigio de la naturaleza. Y sin embargo, a los 68 años de edad se quitaría la vida...
Levi era un superviviente, un luchador, un hombre exitoso en todo, había superado el horror, la barbarie, entonces... ¿por qué el suicidio? Un conocido periodista italiano dio un título de portada: “Levi ha muerto en Auschwitz, cuarenta y dos años después”. ¿Es ésa la verdad: será que Primo mantenía la herida encubierta por un proceso intelectivo? Quizá sí. O puede que por el contrario, el suicidio se debiera a razones más prosaicas: apuntan un trastorno depresivo provocado por el deterioro físico y mental de su madre... Lo ignoramos, lo cierto es que no siempre el final de una vida es el acto más importante de la misma. Suponemos que una vida heroica o admirable ha de acabar de esa misma forma pero, por desgracia, la vida lo desmiente continuamente: grandes hombres y mujeres que tuvieron fines desgraciados y miserables, aparentemente impropios de tales individuos. Tal vez el fin de Primo Levi fue ese: un hombre genial, memorable, tanto en el ámbito humano (con la superación de la terrible adversidad con honestidad y optimismo) como en el literario (con la creación de cuentos que engrandecen la sensibilidad de aquel que los lea), que por un pequeño problema coyuntural se quitó la vida.
Esta última consideración es, en mi opinión, aplicable a todos los suicidios habidos y por haber, sean de literatos o no. Puede que el suicidio tenga un cierto “morbo glamouroso” en el plano literario, pero no deja de ser un fin que no tiene nada que ver con la producción artística, sino con enfermedades o desesperanzas.

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